El guijarro y la enjundia. (Cuento)

 

 

El guijarro y la enjundia.

Salí aquella mañana de casa temprano a pasear por la ribera, llevaba un tiempo confuso, en busca de verdades, de respuestas que no encontraba y que me atormentaban, sin grandes esperanzas de alcanzarlas, pero sabiendo que de algún modo existirían; o quizá no.

Tomé del camino una piedra, la lancé a un tejado y rodando allí se quedó encolada. No me escondí, sin disimulo abrí la mano y mostré la palma con gesto desafiante, la limpié de un poco tierra que se me había quedado pegada frotándola con la otra; cada día estoy peor, pensé.

Luego, cogí otra y la aventé, esta vez en mitad del río, salpicando y con el ruido de abrir el corcho de una botella, salpicó formando ondas y después pareció hundirse hasta el fondo. Tampoco escondí la mano, nada malo había hecho esa vez, y dando unas palmadas seguí con mi paseo.

Unos metros más adelante fue cuando vi una muy hermosa, un guijarro cerca de la orilla, pulido y brillante, de generoso tamaño y un precioso color entre púrpura y añil, lo tomé y después de disfrutar su tacto suave y luminosos brillos, dudé si guardarlo conmigo, pero…, con toda mi fuerza lo mandé, esta vez atravesando el río, hasta desaparecer detrás unos sauces al otro lado de orilla.

El guijarro y la enjundia

Satisfecho, proseguí mi paseo disfrutando del incipiente sol que ya iba trepando. Llegué al puente y por él crucé a la otra margen. Recordé entonces el guijarro, sería bueno recuperarlo pensé. Era brillante y lustroso, pero sería imposible de encontrar, ser necesitaría un milagro. Yo nunca había creído en los milagros, de todos modos, me entretuve mirando por el camino de tierra y sus verdes aledaños mientras caminaba.

Después de un rato, vi a lo lejos a un hombre tendido sobre la hierba, al lado de un remanso donde daba el sol; delante de él, unos sauces ¡Era por allí donde debería haber aterrizado mi guijarro! Quizá después de todo podría tener alguna oportunidad de encontrar mi piedra.

A medida que me iba acercando más, me empezó a entrar miedo, quizá habría alcanzado al hombre con el impacto de mi guijarro y estuviera herido y sin conocimiento, no se movía. Los temores acudieron como un sobre salto y la confusión se apoderó de mí.

¿Qué hacer?

Pasé por el camino furtivamente, y miré de reojo al hombre que seguía sin moverse. Parecía viejo, de barba blanca, tirada al lado de su cabeza una boina oscura. No parecía de la zona. Seguí un poco y al abrigo de unas zarzas me paré.

Mira que si le alcancé con la piedra…
Mira que si lo maté…
La duda empezó a atormentarme.

Podría haberle dado un infarto, no habría sido por mi piedra, solo habría sido una casualidad. Empecé a encontrarme francamente mal cuando vi que se acercaba alguien por el camino. Encendí un cigarro y me puse de espaldas mirando al río, tras los matojos, a ver qué ocurría. Era una mujer, salía a caminar también temprano, coincidíamos muchas veces, tanto que ya nos saludábamos. La mujer pasó de largo a la altura del hombre, yo me hacía el distraído.

—Buenos días, ¿Fumando tan temprano?
—¡Ah!, sí… no debería, pero… ya sabe, el vicio… —Contesté con voz entrecortada.
Ella siguió caminando como si nada.

Empecé a pensar que cada vez vendría más gente y tarde o temprano alguien se percataría del hombre y acudiría a investigar, lo que no hacía sino aumentar mi tormento.

Me volví a acercar a los matojos, el hombre seguía igual, no se había movido.
Yo solo hacía que pensar en mi culpa: la más que probable pedrada y sus trágicas consecuencias. Quizá me habría visto alguien tirando la piedra, era una mala costumbre que tenía, bien conocida por los vecinos, y por la que ya había sido llamado a al orden alguna vez. Ahora había una testigo que me situaría en el lugar de autos. Me podrían implicar en la muerte del hombre, no había sido a propósito, pero seguramente iría a la cárcel por homicidio involuntario y también por estúpido.

¡Dios mío!

Pensé entonces que, si acudía en su auxilio, sería tomado como atenuante en caso de ser condenado. Me verían como una persona arrepentida, eso vendría bien a mis intereses. Estaba en un callejón sin salida. Debía acudir a desvelar la verdad. Si no lo hacía, en el mejor de los casos no podría vivir con el remordimiento, su recuerdo me perseguiría siempre.

Decidí entonces acercarme, primero muy sigiloso cuidando de que no hubiera testigos cerca, cuando estaba a un puñado de metros de su cabeza, pude ver en el blanco de su barba lo que parecía ser sangre arrollada desde la nariz, por un lado.

¡Mi madre, lo maté!

Asolado, me dejé caer de rodillas y echando las manos a la cabeza cerré los ojos. ¡Joder, lo he matado! ¿Qué voy a hacer ahora?
El instinto de huida se apoderó de mí.  Si me fuera corriendo quizá no pasara nada, me podrían relacionar, pero después de todo, ¿Qué pruebas había?, era muy joven para arruinar mi vida. ¡Al carajo con los remordimientos!, además por un viejo del que nada sabía, quizá fuera un loco vagabundo pedigüeño.

Yo no tenía antecedentes y aunque se descubriera que había sido por una piedra, ni se investigaría.  ¿Cómo probarían que había sido yo el culpable?

Fue entonces cuando miré alrededor del cuerpo, a ver si veía la piedra, era brillante y redonda, no las había por esa zona, esas solamente se pueden encontrar más a la orilla; pero nada vi.

Decidí entonces esperar a que volviera a pasar alguien y le avisaría, para que fuera a llamar a la policía o quizá a una ambulancia, puede que siguiera vivo.
A lo lejos vi a un hombre caminando con un perro que se acercaba por el camino. Me acerqué al hombre fingiendo prestarle ayuda. Se veía claramente la sangre que le había salido por la nariz, me acerqué hasta casi estar a un palmo de su cara cuando de repente, abrió sus ojos y lanzó un tosido como el rugido de un perro atragantado.

—¡Dios! —Grité saltando hacia atrás y cayendo sentado al suelo.
—Me ha dado un susto de muerte.
El hombre, entre toser y toser se rio, se recostó un poco hacia delante. ¡No le había matado!

En apenas un respiro, me quitó todo el peso que me ahogaba y acabó con la incertidumbre que me habían torturado durante lo que me pareció una eternidad.
Tenía aspecto un poco descuidado, pero bien vestido, barba poblada y media melena casi tan blanca como su barba, tendría unos 70 años y una mirada oscura y penetrante.

—Siento haberle asustado chico, pero debo llevar aquí un buen rato, desde que el sol iluminó este remanso de paz. Llegué de madrugada conduciendo toda la noche y me vine a dar un paseo para despejar el cansancio.

Ya más tranquilo, volvió a mí el recuerdo de la piedra, fue cuando pasó el hombre que se acercaba por el camino con su perro.

—Me acerqué a usted porque al verle tendido, pensé que tuviera…, quizá necesitara ayuda…, sobre todo al ver la sangre en su cara, eso me asustó mucho. —Le dije con total cinismo.

—¡Sangre!, vaya… otra vez, es algo que me pasa desde niño, las hemorragias nasales son algo que con los años se han mantenido mejor que cualquier otra cosa en este viejo y achacoso cuerpo, ellas ahí siguen, como siempre; fíjese, de esta ni me enteré.
—Entonces…
—Nada joven no se preocupe, debió derramarse mientras estuve dormido, pero ha sido usted muy amable y le agradezco su gesto desinteresado y acudir a mi auxilio.
—Bueno yo…
—Hoy en día te puedes caer muerto en mitad de la calle y nadie mira para ti, como si se tratara de un animal, perdón…, no…, un perro o un gato seguro que sería auxiliado antes que un viejo como yo.

No pude más que sentirme incomodo por los halagos. Si el hombre supiera la verdad de mi fraude, pensé.

—Me llamo Luis, Luis de la Hoz. —Dijo el hombre acercando su mano.
—Yo Jorge García. —Contesté estrechándosela.
—Qué le parece si ayuda a este viejo a levantarse y nos movemos un poco.
—¡Claro!

El guijarro y la enjundia

Le ayudé a levantarse tomándole ambas manos, grandes y con aspecto de haber trabajado duro, era alto y delgado. Pidió acercarnos al rio para despejarse y quitar los rastros de sangre de su barba. Después nos dirigimos  en busca de su coche. Se trataba de una vieja furgoneta C15 de color rojo.

—Vienes conmigo, te acerco al centro.
—No gracias, yo estaba caminando y…
—Venga joven, al hotel no puedo entrar hasta las once, le invito a un café o lo que le apetezca, es lo menos que puedo hacer después de sus atenciones.
—Bueno, si insiste…
—¡Vega entonces!

La furgoneta por dentro estaba muy limpia y todo muy bien recogido, en la parte de los asientos traseros se podía ver una maleta grande y varias bolsas de plástico. Tomó una caja de cigarros y me ofreció, los encendimos y arrancamos.
—¿De dónde es? —Pregunté
—Yo de aquí, lo que pasa es que me mudé a la capital hace 40 años, hacía mucho que no venía. Aquí tengo un hermano casado, nos llevamos muy mal, casi no nos hablamos, mi cuñada me ha llamado, parece ser que está muy enfermo y me pidió que viniera.
—Vaya, pues lo siento.
—No lo sienta hijo, fue un cabrón vividor toda la vida, y ya tiene mucho. —Contestó Luis sonriendo, con el cigarro colgando de un lado de su boca.

Pronto llegamos al centro, y aparcamos cerca del hotel, estaba en calle Alabastros, se trataba del Hortensio, un local de poca monta frecuentado por viajantes. Entramos y nos sentamos en una mesa del bar al lado de una cristalera cerca de la entrada.

—No ha cambiado nada la ciudad, está casi igual que hace cuarenta años, por lo menos por esta zona.
—Sí, y cada día hay menos trabajo, menos gente; y menos mujeres…
—Y menos dinero, salvo cuatro que se lo chupan todo… —Contestó Luis mientras miraba hacia la barra.

Pronto llegó el camarero. Luis pidió un café cortado con unas gotas y un pincho de tortilla, yo un café con leche. Estuvimos hablando un buen rato. Luis daba sensación de hombre culto y prudente, solo hacia preguntas triviales, como sin querer parecer entrometido, solo ya casi al final me interrogó un poco.

—¿Eres afortunado de tener trabajo Jorge?
—Sí señor, tengo un puesto de golosinas no muy lejos de aquí, aunque también estudié Filosofía.
—¿De golosinas?, pero si cada día hay menos niños. —Contesto echando esta vez una sonora carcajada.
—Ya, suena un poco raro, pero ahora las consume la gente mayor. También vendo pan.
—Así que un filosofo que vende golosinas y pan…, pues muy bien, eso para mantener la línea no debe ser muy bueno eh… —Prosiguió Luis de manera un poco socarrona.

Después de echarnos unas risas, Luis pagó la cuenta y salimos hacia al coche para recoger el equipaje,  le ofrecí ayudarle con sus bártulos.
—Le agradezco que me eche una mano Jorge, los años pasan y sin darse cuenta ya no puede uno con los huesos.
La habitación por suerte estaba en el primero, y entre los dos pudimos subir todo en un viaje. Luis abrió la habitación y dejamos todo dentro.

—Bueno Jorge, no sé qué decir…, gracias.
—Ha sido divertido Luis, una mañana diferente y para ser domingo muy entretenida. —Contesté riendo.
—Yo estaré aquí toda la semana, igual paso a verte por la tienda de chucherías.
—¡Claro! Desde las nueve allí estoy todo el día, hoy abro a las 5 de la tarde, estás invitado a un buen surtido de gominolas.
Nos dimos la mano con afecto y me dispuse a dejar la habitación. Justo cuando iba a salir Luis me llamó.
—¡Jorge! Te debo por lo menos un detalle —a la vez que introducía su mano en uno de sus bolsillos
—¡No!, ¿Qué vas a hacer? —Contesté yo ruborizado.
—Tranquilo Jorge, no te voy a ofender dándote dinero.
Entonces, sacó su mano del bolso y acercándose me mostró su mano cerrada y cuando estaba a mi lado, le dio la vuelta y la abrió mostrando su palma.
—No es gran cosa, pero a mí me pareció bonito.
¡Era la piedra, el guijarro, mi guijarro!
—Poco antes de encontrarnos, me pasó rozando la cabeza, algún sinvergüenza la debió lanzar, si me llega a dar, me mata, pero fíjate qué bonita es… ¿Quién pudo ser tan estúpido como para arrojar semejante belleza?, me gustaría que la conservaras como recuerdo de nuestra nueva amistad.
Yo me quedé, nunca mejor dicho, petrificado.

—¿Te encuentras bien Jorge?
—¡Sí, sí…!, muchas gracias Luis, la conservaré, la pondré donde todos los días la pueda ver, es preciosa.
Tomé la piedra y nos dimos un abrazo.

Al abandonar el hotel pude ver su C15 aparcada y unos sentimientos contradictorios de culpa, confusión y felicidad se apoderaron de mí.

-Fin-

 

Ilustraciones y cuento:

maximenendez

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8 comentarios en “El guijarro y la enjundia. (Cuento)

  1. En ocasiones las oportunidades están en nuestras manos y las dejamos ir por no valorar. Luego, reflexionamos, por falta de confianza y decisión nos estancamos. Hasta que una luz, nos hace confiar y valorar nuestras potencialidades y fortalezas. Dios nos conduce, nos ilumina… debemos estar atentos a sus señales.
    Que sea Dios el que siga iluminando tu talento de escribir. Un cálido abrazo desde Yaritagua, Yaracuy, Venezuela… Yaritagua Pueblo Museo

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