Ana y Jorge, un caso de amor jocoso. (Cuento)

Ana y Jorge, un caso de amor jocoso.

La lluvia era tan intensa que el limpiaparabrisas del coche no daba abasto. El viaje de vuelta desde el aeropuerto se había convertido en una penalidad, broche final para mi horrible viaje de aviones y horas de espera en aeropuertos. Las cosas se habían torcido por la maldita huelga de operadores.

Para rematar, había dejado las gafas en la maleta. A duras penas veía la carretera, afortunadamente el camino era bien conocido y llegué sano y salvo a la ciudad.

Ya cerca de casa parado en un semáforo fue cuando me parecido verla, cruzaba rápido casi a la carrera, con los cuellos de su abrigo subidos, iba sin paraguas y pude ver que me miró justo delante del coche, luego se giró y siguió caminando.

¡Era Ana!

En aquel momento fue como si se hubiera parado el mundo. Una frugal eternidad, aplatanado y sin poder hacer más que mirar como pasaba y se perdía por la esquina de la calle. No pude reaccionar, ni siquiera hacer un gesto con la mano o tocar el claxon. Los que sí lo usaron fueron quienes esperaban detrás, eso me hizo despertar del shock.

Al arrancar, miré a mi derecha, a ver si la lograba verla. Resignado seguí hasta llegar al garaje.

No lo pude remediar, dejé mis maletas en el coche y fui a intentar localizarla por la zona. A pesar de que aun llovía, di varias vueltas hasta que me di por vencido.
Tantas veces me había parecido verla y en tantos sitios que me asaltaron las dudas. Pero esa vez…, era ella seguro.

Volví a por el equipaje y me dirigí a casa. Tiré todo a la entrada y agotado me lancé al sofá, estaba destrozado.

Al ver que me iba a quedar dormido llevé los bártulos para la habitación. Llené una primera lavadora con parte de la ropa sucia, luego me desvestí y lancé la ropa al suelo, el maletín y los papeles debajo de la mesa, y me fui a dar una ducha bien caliente.

Ya se había hecho de noche.

Estaba relajado secándome y pude entrever en el espejo empañado las tremendas ojeras que tenía.

Fue entonces cuando sonó el teléfono, será Pepe con ganas de fiesta pensé. Y así fue, intenté resistirme por todos los medios, el cuerpo suplicaba descanso, pero era muy persuasivo y yo fácil de convencer, como me solía decir él, un poco ovella.

(Ovella: en asturiano oveja, también usado para definir al que es fácil de convencer y tiene poca resistencia ante las tentaciones dejándose llevar; como las ovejas, vamos…)

Quedamos en el Kiskol a las nueve y media.

Después de cambiarme me sentí mejor. Siendo viernes me consolaba pensando que el sábado sería de relax.

Salí a la calle y encendí un cigarro, había dejado de llover. En el trayecto iba pensando qué me tendría preparado Pepe para esa noche, cualquier cosa se podría esperar.

Llegué al Kiskol, estaba muy animado y la final de la barra, nuestra ubicación de siempre y rodeado de humo estaba Pepe.

—Pepín, que pasa tío, ¡Vas a acabar conmigo!
—¡Anda, ovella! Gracias me tenías que dar, ¡Qué es viernes tío!

Al ver su cara, supe que había algo en ciernes, me miró y sonriendo me puso al tanto.

—¿Sabes quién ha venido?
—No la verdad —Contesté
—¡Rafael! ¡Vino el Rafa de Fuerteventura!

Entonces supe el alcance de lo que nos depararía la noche. Encendí entonces un cigarro y llamé a Roberto.

—¡Rober!, por favor, una caña.
—Hombre Jorge, ¿Ya volviste?
—Si tío, hasta las pelotas, pero bueno… hogar dulce hogar.

Pronto apareció Rafa. Lucía su clásica melena descolorida por el sol y el salitre y el tono de piel que lucen los privilegiados que viven en las islas. Eché mano a la caña y le ataqué con alegría. Volver a ver a Rafa me hacía ilusión, aunque las noches con él suelen ser toledanas. Nos dimos un abrazo y tomamos unas birras para ponernos al día. Yo había mejorado algo el ánimo.

Después nos dirigimos a la ruta, a continuar con la velada. Hasta que decidimos ir a comer algo a los Normandos.

maximenendez cuentoRafa nos contaba sus aventuras majoreras, lo bien que vivía allí, el buen clima que disfrutaba y sus muchos triunfos amorosos; claro que viniendo de él, habría que dividir la mitad entre dos y aun así…

Con los estómagos saciados nos fuimos al Puntal a ver a Toño, a tomar un carajillo y fumar un poco. Rafa había traído un regalito de las islas el cual degustamos inundando con humo denso el local, envidia de los correligionarios que casi llenaban el bar y que hacía parecer puxarra lo que el resto inhalaba.

(Puxarra: en asturiano desecho de la manzana después de machacarla para obtener sidra. También  cosa o gente que no vale nada, desperdicio en general)

Yo me empecé a resentir de la dura semana y el cansancio y entre las cervezas el carajillo y las brisas canarias me iban poniendo poco a poco en la lanzadera de despegue, y las risas tornaron poco a poco a un fumigada considerable, no estaba yo acostumbrado a manejarme con esos bríos.

—¿Qué pasa Jorge? Habla un poco hombre. —Preguntó Pepe.
—Hoy he visto a Ana.
—¿¡Que has visto a quién!?
—¡Ana! He visto a Ana
—Joder, yo hace años que no la veo, me habían dicho se había ido a vivir a Barcelona.
—¿Ana? —Pregunto con cara de asombro Rafa.

Entonces les expliqué como la había visto. A ellos les extrañó.

—¿Estás seguro? Te confundirías con otra… —Dijo Rafa.
—¿Un poco raro no? Yo hace tres o cuatro años que no la veo, había oído que se había ido a vivir a Barcelona, y que se había casado con un capitán mercante. —Explicó Pepe.
—Pero Jorge, ¿Aún no te has quitado de la cabeza a esa moza? —Preguntó Rafa con gesto irónico.

Yo me quedé mirando para el con los ojos a medio abrir y la típica sonrisa tonta que se le queda a uno tras degustar los ricos efluvios del Rif. Todos sabían que me gustaba y siempre habían hecho gracias a propósito de ello

Estaba enamorado de ella desde el primer día, como un becerro. Fue sin duda un amor a primera vista, debió ser algo químico, real. Ana seguía siendo mi amor platónico, no la había olvidado en absoluto, creo que no hubo día desde que la conocí que no pensara en ella. Claro que eso no lo sabía nadie, ¿Quién podría imaginarlo? Era un poco… como de locos.

Ella sabía que le gustaba, alguna que otra noche de embriaguez había metido la pata, pero no podía imaginar hasta qué punto. Nunca me atreví de decirle lo que verdaderamente sentía por ella y lo mucho que significaba para mí.

Así pasó el tiempo; ella con sus novios y yo con mi Jacinta. Luego un día desapareció. Poco después, mi Jacinta dejó de ser mi Jacinta para convertirse en la cabrona de la Jacinta. Más de un año me la había estado pegando con el Arturo, yo como suele suceder en estos casos, el último en enterarme.

¡Con el Arturo! ¡Me cago en su puta madre!

Encima, ni siquiera acabaron juntos. Gracias a Dios, se fueron los dos a tomar por el culo; él a Inglaterra, y ella a no sé dónde coño de Estados Unidos.

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Pero a Ana nunca la pude olvidar. Cuántas veces la había echado de menos, hubiera renunciado a todo por ella. Su simple presencia, era para mí como beber de las fuentes del amor… como escribió el gran Zorrilla:

Bebí el agua de sus fuentes
Gocé el aura de sus flores
Embriagado en sus amores
En sus bosques me adormí
Allí el placer me esperaba
Vos en la opuesta ribera…
Horrible tentación era
Mas luché, madre, y vencí.

Yo de vencer nada; ni agua ni flores ni amores…
Eso sí, con la zorrilla de la Jacinta cargué, hasta que me dio pasaporte…

—¡Aterriza Jorge! Que te vas a dormir… —Entre risas gritó el Pepe.
Estiré un poco los brazos y las piernas y sonreí también. Medio tambaleando me levanté para ir al baño a ver si despejaba un poco. El espejo me delató, tenía los ojos como dos faroles, me eché un poco de agua en la cara y me sequé un poco. Salí algo recuperado. En mi ausencia ya habían decidido ir al barrio alto y seguir la fiesta, yo a regañadientes di el brazo a torcer y les acompañé, al salir a la calle pude comprobar mi precario estado.

Acabamos en El Dinamita.

Ahí pedimos un cachi para los tres y como manda la tradición con chupito de tequila incluido a modo de submarino. También volvieron los humos densos. En el Dinamita la comunicación se hacía sobre todo con la mirada y con gestos debido al volumen de su música, mezcla canción protesta, heavy y rock. Lo más del sector rebelde de la ciudad, donde estar embriagado se presupone; y a su vez supone el punto de partida para gran variedad de otros muchos tipos de viajes.

Pero aquella noche, para mí el viaje había acabado con un trago de aquel cachi. Aprovechando un descuido de mis colegas, me escabullí entre la multitud y escapé con la esperanza de salir airoso de la vorágine, llegar pronto a casa y desplomarme sobre mi cama. Así que me abrí furtivamente del Pub y eché calle abajo en modo automático.

La calle parecía estar más empinada de lo habitual, y la luz de las farolas se reflejaban como brillos extraños en el suelo húmedo de adoquines. El ruido del barrio iba quedando atrás hasta el punto de solo escuchar mis pasos, arrítmicos por momentos, tratando de no caer. Así aún me quedaría media hora de vía crucis hasta llegar a casa. Las aceras, con las luces en fila parecían no tener fin.

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Fue entonces cuando en la noche oscura y como un fantasma apareció. ¡Era Ana otra vez! No puede ser…

Me costaba ver en la oscuridad. Ella iba sola por la otra acera, vestía igual que cuando la había visto a la tarde.

¡Ana!, grité con la voz quebrada, ella se giró mirando hacia mí y se detuvo. Yo me quedé petrificado. Crucé la calle y me fui acercando a duras penas, todo me daba vueltas.

¡Era ella!

Primero me miró muy seria, como si no me reconociera, o como te mira alguien que no guarda buen recuerdo de uno. Estaba como siempre, fue como si no hubiera pasado ni un solo día sin verla. Preciosa; con su pelo rubio y corto, como lo llevan las que se saben guapas. Sus ojos azul turquesa, tan profundos que casi dejaban ver su alma, y su exótica y voluptuosa boca como pétalos carmín.

—Hola Ana.
—Hola Jorge. —contestó ella con gesto más amigable mostrando una media sonrisa.

Al oír su voz, solo pude confirmar lo que siempre sentí por ella.

—Me pareció verte por la mañana, Ana
—Sí, lo sé, yo también te vi, ibas en coche, y llovía mucho, por eso no me paré. —Contestó, como siempre, dando sensación de seguridad de sí misma.

—¿Qué tal estas?, me dijeron que te habías a vivir a Barcelona.
—Bueno sí, estuve allí un par de años. ¿Jacinta? —Acabó preguntando
—¿¡Jacinta!?

Miré a un lado y a otro, y me eché a reír.

—Pues Jacinta y yo… Lo dejamos.
—Vaya, cómo lo siento, ¿Hace mucho que lo dejasteis?

Fue entonces cuando me empecé a sentir mal de verdad. Debió de tratarse de un bajón de tensión, y lo último que recuerdo es abrazar a Ana diciéndole ¡Te quiero! y ella sujetándome…

¡Jorge, Jorge!…

Me incorporé a duras penas, y nos sentamos en un portal.

—Estas bien Jorge.
—Bueno, lo que es bien… no puedo decir, pero…

Ella se rió mucho. Entonces una laguna mental se apoderó de mí unos instantes, no se durante cuánto tiempo fue, pero cuando me recuperé, estábamos los dos de pie y ella con una gran sonrisa mirándome.

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—Bueno, vete derechito para casa poco a poco vale, ¿Podrás?
—Sí, si Ana… No te preocupes.
—Bueno, pues lo dicho, nos vemos. —Se despidió moviendo su mano alegremente y perdiéndose en la oscuridad de una calle peatonal. Yo seguí un rato hasta que en un momento dado literalmente se me saltaron los plomos y ya no pude recordar absolutamente nada más.

Bien entrada la mañana desperté sobre mi cama con la ropa puesta. La luz entraba por la ventana, se me clavaba como alfileres en los ojos. Haciendo un esfuerzo fui al baño y luego a la cocina a beber agua. Tenía la garganta en carne viva. Abrí la nevera y pude ver el páramo, solo había un plátano negro como el carbón y un yogurt natural. Miré la fecha, estaba caducado de hacía un mes, pero aun así lo abrí, no tenía mala pinta, me llevó un maravilloso frescor a la boca.

Al principio, apenas recordaba hasta tomar el carajillo en El Puntal. Qué bárbaro, me dije. Fui a la habitación, salvo que no haría falta de hacer la cama, era un desastre. La maleta en el suelo, y el traje arrugado, tirado en una esquina, la arrojada encima de todo el montón como la guirnalda de una ofrenda al desorden y la lavadora llena de ropa sucia. Superado por el caos, me quité la ropa y me dejé caer sobre la cama.

Se me empezaron a aclarar los recuerdos e iban llegando como oleadas al principio desordenados, con la imagen de Ana muy borrosa como un sueño. Luego nada de nada hasta despertar en la cama, ni lo que pasó ni como llegué a casa; no sería la primera vez.

Lo más intrigante y absurdo era lo del encuentro con Ana, ¿Sería cierto que ha había visto, o habrá sido una alucinación causada por los vientos alisios que se había traído Rafa con él?

Con el cuerpo destrozado me incorporé y fui a poner la lavadora, aproveché para meter la ropa del día anterior y registré todos los bolsillos. No llevaba ni un duro encima, como si me hubieran atracado. Pero en uno de los bolsillos de atrás de los pantalones, llevaba aplastado y doblado de mala manera un papel que decía: Llámame 35-55-55.

¿Qué sería? Me pregunté intrigado. Me senté en la cama pensativo intentando exprimir la cabeza, pero nada. Dejé el papel en la mesa de la habitación y tomé una ducha. Mientras, no paraba de pensar. ¿De qué seria ese teléfono? ¿De quién? Entonces se me iluminó la mente, esa parte de optimista empedernido que toda la vida me había acompañado más para disgustos y quebraderos de cabeza que para alegrías.

¡Ana! Pensé. Seguramente que ella lo habría metido en el bolsillo para que la llamara.
Igual ella querría verme, quedar conmigo.

Ilusionado como un niño el día de su cumpleaños aceleré a cepillar los dientes para armarme de valor y llamarla.

Intenté tranquilizarme y bebí dos vasos de agua y me hice un té. A pesar de que me dolía cada uno de mis huesos y la cabeza parecía irme a explotar, me fui al salón y me senté al lado del teléfono. La emoción y la incertidumbre hacía en mí efecto como de bálsamo bendito. Así que me armé de valor y marqué el número.

—Dígame

¡Era la voz de un hombre!, me quedé en silencio intentando procesar los acontecimientos

—¡Sí dígame!

Entonces colgué.

Quien podría ser. De repente me vino a la cabeza lo que había contado Rafa, puede que fuera el marido de Ana, el marino mercante, seguro pensé.

La intriga se apoderó de mí, no pude resistir la tentación de volver a llamar y aclarar el asunto. Así que marqué de nuevo.

—A ver, dígame.
—Hola, eh… hola…
—Sí, Sí, diga
—¿Eres Jorge?

¡Dios mío! Pensé yo, ¡El marino está al tanto!

—Si soy Jorge.
—Veras, soy el policía de anoche.

De un salto me puse de pie, como cuando en mili y entraba el capitán por sorpresa en el barracón y le pillaba a uno en la cama fumando hierba.

¡Hostia! La policía, que armaría ayer pensé
—¿¡La policía!?
—No te recuerdas de nada… ¿Eh Jorge? No te preocupes, es que te metí mi numero en el bolsillo porque me quedé algo preocupado por ti para quedarme tranquilo de que habías llegado a casa sano y salvo. Ibas como una moto, yo te dije que te acompañaba a casa, pero dijiste que estabas acostumbrado y que llegarías bien. No obstante, te acompañe un rato. ¿Qué tal estas?

—¡Buff! Casi me mata del susto…
—Jajaja… Tranquilo yo iba también bastante puesto… no estaba de servicio. Bien, pues nada más, cuídate que tendrás una buena resaca imagino…
—¡Tremenda! No me mueve del apartamento ni aunque me lo pidiera el mismísimo hijo de Dios prometiendo el fin del hambre en el mundo.
—Jajaja… Bueno hombre, si fuera por esa causa…
—Nada, ni una grúa de gran tonelaje me saca. ¡Muchas gracias amigo!
—De nada Jorge un abrazo.
—A propósito, ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Salvador, tiene su gracia eh… jajaja…
—Jajaja… pues muchas gracias Salvador.

Y riendo los dos, colgamos.

Me quedé como un papa frita. Ni Ana, ni el marino, ni su puta madre, un policía fuera de servicio.

Después de estar por lo menos un cuarto de hora zombi, regresé a la habitación a tirarme en la cama para purgar mis excesos a base de sufrimiento. Poco después cuando casi me estaba quedando dormido, sonó el teléfono, serían las cuatro de la tarde.

¿Quién coño será?
Arrastrándome llegué al salón y descolgué el teléfono.

—¿Diga?
—¡Sorpresa! Jajaja…

¡Por favor! No puede ser, ¡El Pepe!

—Pepe, olvídame hasta nueva orden, estoy destrozado y no quiero ver tu cara por lo menos hasta el mes que viene, ¿Vale? —Contesté indignado.
—Espera que te vas a quedar de piedra.
—Lo que estoy es hecho polvo Pepín, te ruego me dejes, creo que nunca estuve peor.
—Y si te digo, Ana…
—A cuento de qué sacas ahora a Ana.
—Pues que hace una menos de una hora estuve con ella y sabes… he quedado con ella, y sabes… se separó hace cuatro meses, y sabes la última…
—¡No me jodas! Dime.
—Pues, me pidió que me asegurara de que fueras tú también, ¡Percebe!

En ese momento creí que estaba soñando, incluso me pellizqué. ¡Era todo real!
De emoción casi me caían las lágrimas. Intenté recomponerme para ultimar con Pepe y que no notara el exceso de felicidad que me embargaba.

—Bueno pues… ¿A las 9 en el Kiskol?

Después de colgar me quedé aún más estupefacto que con Salvador el policía.  Por cierto, espero no tropezar con él esta noche. Seguramente me preguntaría por el tonelaje de la grúa que me había sacado de casa, o si se había acabado ya el hambre en el mundo…

Al final, solamente hizo falta el Amor, que todo consigue.

¿Continuará?… ¿Quién sabe…?

 

Ilustraciones  y cuento:

maximenendez

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5 comentarios en “Ana y Jorge, un caso de amor jocoso. (Cuento)

  1. Siento que se genera mucha expectativa para que, al final, todo quede en una cita en la que ni siquiera irán solos. Es muy largo el relato para que no suceda nada.

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