La niña y el caracol gruñón. (Un pequeño cuento para niños y niñas grandes)

 

La niña y el caracol gruñón. Un pequeño cuento para niños y niñas grandes.

Una preciosa tarde de verano en las tierras del norte, una niña había ido a un merendero con su familia. Sus padres estaban en la parte de arriba con su hermano pequeño de un año, entretenidos en cambiarle el pañal y darle el almuerzo del pecho de su madre.

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Ella mientras tanto se fue prado abajo, donde había arboles frutales y mesas con bancos de piedra en busca de alguna experiencia.

Fue entonces cuando vio en el tronco de un manzano un caracol. Estaba subiendo lentamente por su corteza y ella se acercó.

El caracol, al sentirse observado se introdujo en su concha; ella lo tomó con su mano y lo colocó encima de una mesa a esperar a ver si volvía a sacar su cuerpo. Poco a poco, tímidamente fue saliendo, primero su cabecita, después el resto de su cuerpo y ver qué era lo que pasaba.

—¿A dónde vas caracol, con tu pegajoso paso? —Preguntó la niña.

Como no obtenía respuesta, esperó un poco y tras observarle, volvió a preguntar.

—Caracol, qué es lo que haces, dime algo por favor. Los caracoles debéis dormir muchísimo metidos tanto tiempo en vuestra concha.

Después de un rato, extendiendo una de sus antenas hacia ella, el caracol contestó.

—Saco mis ojos para ver la luz para así poder soñar mis sueños.

—¡Ahí va!, ¡Si sabes hablar! —Exclamó la niña sorprendida.

—¡Claro niña!, Para qué me preguntas si no… ¿Es que estás boba, o qué?

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La chiquilla se quedó con la boca abierta, y nerviosa le preguntó lo primero que se le vino a la cabeza.

—¿Y…, qué sueña un caracol?, Caracol.

—Sueños sueño, niña

—Pero yo quería saber con qué sueña un caracol en sus sueños. —Insistió la pequeña

—Te lo diré al revés a ver si así lo entiendes niña, ¡Sueño sueños!

La chiquilla, muy curiosa ella, agarrándolo con ternura lo colocó sobre el dorso de su mano. Pudo sentir entonces su húmeda baba y con sus infinitos piesecitos que la acariciaban haciéndole cosquillas.

—Y…, ¿Para qué sacas tus ojos a la luz?

—¡Para verla! Nenita.

—Pero eso no es soñar, es ver.

—¡Arggg!, Qué tendrá que ver soñar con ver. Los sueños son sueños y la realidad, realidad, ¿No crees?, —Dijo Caracol con cara de caracol enfadado.

—¡Entonces sueñas con la luz! Es lo yo te quería preguntar desde el principio; sueñas con su brillo, lo bonito que es el mundo, los colores, su calor; sueñas con las cosas que ilumina…

—¡Ay…, es que no te enteras!… Eso no son sueños, eso son realidades en las que un caracol no piensa cuando está dentro de su concha y quiere soñar; hay que dejar la mente en blanco y esperar a que los sueños lleguen.

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El caracol ya se estaba empezando a cansar con tanta pregunta y se arrastraba lentamente sobre su baba moviendo sus antenas con sus diminutos ojos en los extremos en dirección al sol, esperando a que la niña se cansara y le dejara babear tranquilo.

Ella se quedó callada e inmóvil mirando cómo el caracol movía sus antenas y se arrastraba lentamente sobre su mano.

—Por favor, ¿Serías tan amable de bajarme de tu mano? Niña. —Le dijo Caracol algo enfadado.

La niña, triste, devolvió el caracol a la mesa con mucho cuidado.

—Perdona no quería enfadarte, solo quería charlar un poco. —Contestó la pequeña.

El caracol notó entonces lo sensible y buena que era la niña y observándola con sus ojitos fijamente le volvió a hablar.

—Uno sueña cosas inmateriales, uno sueña ilusiones, sueña imposibles. Fíjate, una vez soñé que tenía alas y volaba como un pájaro.

—Qué sueño tan bonito. —Dijo la niña sonriente.

—Soñar es maravilloso a veces, mejor que la realidad. Hace unos días conocí a una babosa encantadora, me enamoré locamente de ella desde el primer momento que la vi; era tan oscura… se movía tan bien y desprendía tanta baba… era irresistible.

—¿Y qué pasó? —Preguntó la niña con los ojos abiertos como platos.

—Pues nada de nada, la dejé ir. Luego me introduje en mi concha y me puse a soñar. ¡Lo ves! Qué iba a hacer yo con una babosa tan babosa, tan elegante y oscura, con unas antenas tan seductoras; ella no querría a un viejo caracol como yo, cargando todo el tiempo con su casa a cuestas, escaso ya de babas y sin nada interesante que contar… —Explicó Caracol con cara de resignación.

La niña se quedó boquiabierta con su contestación, entonces se sonrió y con cara animosa se volvió a dirigir al caracol.

—Pero bueno Caracol, ¡La dejaste ir!, ¿Por qué no trataste de conquistarla si tanto te gustaba? Imagina lo feliz que hubieras sido si ella te hubiera querido también, mi padre siempre me dice que hay que aprovechar las oportunidades y luchar por las cosas que queremos.

En ese momento el caracol se quedó inmóvil abrumado por el encanto y la inocencia  de la pequeña, metió parte de su cuerpo en su concha y con gran tristeza tomó la palabra de nuevo.

—Niña,  tienes un gran corazón, vas a ser una personita muy valiente. En realidad a mí, me atenazó el miedo, miedo a dejar mi cocha, miedo a que ella no me quisiera y mucho miedo a que ella, después de dejarlo todo, se fuera con cualquier baboso más apuesto y me dejara solo y sin babas.

Nunca olvides esta conversación, la vida real es vida, y los sueños, sueños. Aunque al final quizá todo sean sueños, ilusiones y deseos.

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Entonces el caracol sacó todo su cuerpo y extendiendo sus antenas prosiguió hablando.

—Hija, siempre que quieras algo de la vida, vas a tener que pagar un precio, el precio de la renuncia; para lograr grandes cosas, siempre tendrás que hacer grandes renuncias, y si no es así, ni serán grandes las cosas ni tampoco las renuncias. Pero lo importante, es siempre saber lo que verdaderamente quieres y deseas, solo así estarás dispuesta a asumir las renuncias a las que ello te llevará, y sobre todo superar los miedos. Si lo haces, nunca te ocurrirá como a mí, aunque después de todo… como antes te decía, qué es la vida más que un sueño.

La chiquilla empezó a reir.

—¡Qué cosas dices Caracol! Eres un caracol gruñón pero muy simpático.

Y tras despedirse, el caracol se fue de su lado poco a poco, dejando un largo, larguísimo rastro de babas.

De repente, unas voces llegaron de la parte de arriba del merendero en forma de reclamo.

—¡Vámonos Irene! Que tenemos que ir a la compra todavía.

—¡Ahora voy Papa!

La niña echó a correr prado arriba y le dio la mano a su padre.

—Papi, he estado hablando con un caracol, ¿Y sabes?, me contó muchas cosas. Algunas no las entendí del todo. Además, también me llamó boba…

—Pues hija, ten cuidado con los caracoles que suelen tener razón en casi todo lo que dicen, hay que intentar seguir sus enseñanzas.

—¿De verdad papi?

—Claro hija, y a veces, hasta se cuelan en los sueños de las niñas que rebosan imaginación.

—¿Qué significa “rebosan” papi?

 

FIN

 

Ilustraciones y cuento:

maximenendez

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