La sorprendente historia de un paraguas migrante.

 

La sorprendente historia de un paraguas migrante.

No quisiera pareceros grosero, así que antes de nada, ruego me permitáis mantener mi identidad en el anonimato, ya que por mi bien, quizá sea lo más prudente dado lo acontecido aquel horrible y frío día.

En el húmedo suelo sonaban mis pasos aquella mañana a finales de noviembre. Iba yo paseando paraguas en mano  y desafiando a los elementos. El sonar del viento y el replicar de las olas cercanas componían una oda cósmica existencial, que me decía “¡Aquí estoy, pequeño hombrecillo!”

Todo aconsejaba a retornar a casa y dejar el paseo por un día, pero mi testarudez y mi tonto optimismo me hicieron seguir.

Caminaba, no sin dificultad ya que a veces arreciaba el viento en forma de rachas encabritadas y la mar jugaba conmigo al pilla-pilla, estirando sus brazos entre las rejas de su prisión en forma de rompeolas.

La cosa empeoraba por momentos y mi paraguas, rebelde, se obstinaba por escapar de mis manos.

Nadie había en las cercanías, nadie estaba tan loco como para luchar contra aquél arrebato de ira en forma de galerna. Solo estábamos yo y mi paraguas; hasta que, como por sortilegio, huyó de mis manos con un gesto astuto, escurriéndose. Salió volando primero como una cometa hasta que cayó al suelo con violencia. Luego, arrastrándose a tirones se coló por la barandilla y se lanzó al embravecido mar.

“¡Adiós!” Me dije.

Yo amaba aquel paraguas, había sido de mi abuelo y era lo único que me quedaba de él junto con su recuerdo.

Había acompañado cientos de mis paseos sin perderse… Hasta aquella aciaga mañana.

De repente una gran ola rompió con violencia en la escollera y sus espumas me alcanzaron, riéndose de mi desdicha.

Enfadado y presa de mi cabezonería me empeñé en proseguir con mi itinerario prefijado hasta el final, no iba a poder con mi determinación su burla.

Resignado, subí la capucha de mi abrigo para cubrirme la cabeza, el viento me la retiraba a poco que mis dedos la dejaban de agarrar, también él jugaba conmigo y parecía trasformar su silbar en carcajadas.

Yo seguí y seguí…, hasta dejar el rompeolas y ascender el camino litoral que lleva a lo alto de la colina, final de mi paseo diario.

Decidí entonces olvidarme de la capucha. La lluvia mojaba mi cara con gotas frías y metí las manos en los bolsillos, las tenía como témpanos, casi no sentía los dedos.

A duras penas subí la última rampa para coronar el alto. Desde la atalaya se veía el mar y el cielo todo uno; oscuro, amenazador y un sonido monótono resultante de todas las fuerzas del cielo y el mar, atronando en mis oídos. Tenía un punto de terrorífico, era la soledad ante la naturaleza desplegando su furia.

Después de observar el espectáculo, emprendí la vuelta un poco asustado y acelerando el paso hacia donde encontrar refugio, ya que la tempestad no daba signos de amainar. Casi cuatro kilómetros quedaban por delante.

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Como si hubieran leído mi pensamiento los dioses Eolo y Poseidón conjurándose en mi contra, la cosa se empezó a poner más fea por momentos y las frías gotas de agua, poco a poco se volvieron gélidas piedrecillas de fino granizo.

Era como si la ira de mi abuelo estuviera azuzando también desde el más allá para castigar mi torpeza.

En una total y absurda soledad, apreté el ritmo mientras miles de alfileres se estrellaban en mi cara. Me subí la capucha de nuevo y con una mano en ella trataba de cubrir el rostro lo más posible, la otra la llevaba metida en el bolsillo del abrigo.

Avanzaba con dificultad, el viento me zarandeaba, afortunadamente tocaba ir cuesta abajo. Las piedras se cebaban con mi mano, y cuando se empezaba a entumecer por el frio, cambiaba a la otra y así sucesivamente, hasta que poco a poco el granizo fue desapareciendo y volvió la lluvia.

Ya llegando al paseo del rompeolas, no se atisbaba un alma. La situación parecía estabilizarse, empecé a notar que el abrigo, en teoría impermeable, había empezado a calar, también notaba los pies húmedos y fríos. Y fue a más, ya notaba el peso del ropaje empapado sobre mis hombros, ya empezaba a parecerme a un náufrago que había arribado a la playa a nado y vestido.

Escuchaba mis zapatos sonar con cada paso, chof, chof, chof.

Afortunadamente parecía que la lluvia iba aflojando y solo caía un fino orvayu.

Con la capucha levantada y casi la mitad del recorrido de vuelta completado, pude ver a lo lejos el primer signo de vida. Se trataba de lo que parecía un hombre parado que observaba el mar debajo de un paraguas.

Yo entonces me acorde del trágico fin del mío, “¿Dónde estaría?”, “¿Se habría ido al fondo?”, “¿Habría terminado en la barriga de un tiburón?” Pensé.

Al ir acercándome me sentí reconfortado de ver a alguien y me tranquilizé. También el tiempo había mejorado, solo sentía un frío húmedo, sobre todo en las piernas, casi ya no llovía y el hombre cerró su paraguas, y se quedó apoyado en él observando las enormes olas.

Estábamos solos ya casi el uno al lado del otro, entonces me paré.

—Buenos días, por decir algo.

—Hola, buenos y mojados, —contestó el hombre.

—¡Menuda mojadura tiene!

—Pues sí…

—Yo había salido a dar un paseo, y me di cuenta que había olvidado mi paraguas en casa. Y de repente, no te lo vas a creer…

Entonces me di cuenta; por muy increíble que parezca, ¡Tenía mi paraguas! Mi amado paraguas.

El hombre prosiguió con su explicación.

—Justo cuando me disponía a dar la vuelta para casa por culpa de la lluvia, una ola rompió con gran fuerza, y vi como salía escupido del agua  este estupendo paraguas. Al principio cuando lo vi arrojado en el suelo, pensé que estaría destrozado, pero para nada, no tiene ni una sola varilla rota, fue como un regalo de la mar, nunca me había pasado cosa igual.

Yo escuchaba al hombre perplejo, a la vez que indignado. Tenía que buscar la forma de explicarle lo sucedido; el hecho de que me había salido volando, y que en realidad era mío, era mi querido paraguas, mi escudero en mil batallas, pero no encontraba el modo, era una situación muy embarazosa.

El hombre tendría unos sesenta y muchos años, con gafas. Se le veía tan ilusionado y jovial con el suceso…

Yo estaba tiritando, al permanecer parado empecé a sentir que el frío ya me iba llegando a los huesos.

Entonces, no sé qué fue lo que hizo que actuara de la forma que actué. Miré a un lado y a otro del paseo; no había ni un alma.

—¡Qué bueno! —le dije.

—¿Me lo deja ver por favor?, Parece todo como un milagro.

—¡Claro!,

Y me lo entregó.

Entonces certifiqué que era mi paraguas, increíble…

No sé lo que me sucedió en ese momento, no debía estar en mis cabales, pero al caer el paraguas en mis manos, lo agarré bien por la mitad y sin pensar le aticé fuertemente al pobre hombre con el mango en su cocorota, justo entre los cuernos.

Y corriendo como si me persiguiera un oso, me di a la fuga. Ni siquiera mire hacia atrás.

Solo se escuchaba entre el ruido de las olas gritar al hombre, “¡Ladrón hijo de puta!, ¡Hijo puta!”…

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Yo no paré de correr hasta que parecía que iba a salirme el corazón por la garganta, entonces me adentré en la espesura del parque que hay al final del  paseo y me escondí detrás de unos zarzales a la espera de ver hacia donde tiraba. Las pulsaciones no me bajaban, podía escuchar la sangre fluir por las carótidas.

Después de unos minutos le vi a lo lejos, se dirigió en dirección contraria. Caminaba con buen paso, ello me tranquilizó, pero pronto me entraron los remordimientos. ¡Qué había hecho!

“¿Me denunciará?”, Pensé. Había sido un robo con agresión, pero no le había solmenado muy fuerte, ¡Además el paraguas era mío, joder!

prelato paragu03Me torturaba pensando en si me reconocería en el caso de volver a verme, con las trazas que llevaba sería bastante improbable, además llevaba la capucha puesta cuando la agresión, y el paraguas no tenía nada de particular salvo el mango, un poco mordido en el extremo por el perro de mi abuelo cuando era cachorro.

Intenté tranquilizarme, después de todo solo se trataba de un paraguas intrascendente, aunque con gran valor sentimental para mí.

Aproveché entonces para salir de mi escondrijo, estaba completamente congelado. Ya no estaba muy lejos de casa, pero decidí entrar en una cafetería que había enfrente del parque para quitarme el abrigo y tomar un café con leche bien caliente.

Y así hice.

Había bastante gente, quedaban solo dos mesas vacías, una al lado de la puerta y otra delante de una señora mayor, casi al final del bar. Me fui directo a la del fondo, era más acogedora y seguro de que se estaría más caliente.

Por fin me quité el abrigo, pesaba como un muerto, y coloqué todo en la silla de al lado. Mientras tanto mi vecina de mesa me observaba como si fuera un bicho raro.

—¡Madre mía joven! Pero… ¿¡De dónde sale!?

—Si yo le contara señora…

Tomé asiento y se acercó el camarero.

—Le ha cogido bien eh…

—Pues sí la verdad, —contesté yo con cara de circunstancias.

—¿Qué le pongo?

—Un café con leche largo de café y un pincho de tortilla por favor.

—Está recién hecha, tiene usted suerte.

—Pues venga.

—Marchando entonces, —y se retiró.

Saqué del bolsillo de la chaqueta el teléfono móvil, estaba empapado, Tomando unas servilletas de la mesa intenté secarlo un poco, no se había apagado, parecía haber sobrevivido.

—¿Es que tiene estropeado el paraguas hijo?, Porque menuda mojadura…

Era una señora emperifollada, y con ganas de conversación. Llevaba un cardado muy voluminoso, hasta el punto que casi a través se le podían ver las ideas. A mí no me apetecía hablar y menos explicar lo inexplicable, así que intenté quitármela de encima con una mentira piadosa.

—La verdad señora es que el paraguas funciona muy bien, pero fíjese, lo acabo de encontrar tirado ahí justo, al lado del parque, después de ya estar empapado. Ya podría haberlo encontrado antes.

—Ya te digo hijo…, es que con este tiempo no se puede ni salir de casa.

Hacía muchos años que no entraba en esa cafetería, la notaba muy cambiada, había una chica joven en la barra y un chaval atendiendo las mesas, daba la sensación que eran pareja. Se ve que habían aprovechado para pintar y redecorar, daba la sensación de moderno y con un toque elegante.

Entonces aproveche para ir al baño a ver si conseguía quitarme un poco la mojadura. Había un secador de manos que funcionaba muy bien, me agaché para intentar secar la cabeza. Después de varias sesiones me lavé las manos con agua bien caliente. “¡Qué gusto Dios mío!”. Me acicalé un poco y salí.

La vieja ya se había marchado , mi café y un apetitoso pincho estaban ya esperando sobre la mesa, hasta una galletina de regalo me habían puesto.

prelato paragu05rrProbé un trago del café, estaba delicioso, ya se había atemperado. Entonces miré goloso a la tortilla y la probé, “¡Ummm!”, estaba aún caliente, y poco hecha como a mí me gusta. No duro mucho en el plato, hasta rebañé los restos con un trocito de pan que me quedaba.

Me puse a pensar en lo acontecido aquella mañana. Había rozado el surrealismo, más lo había superado. Era difícil de contar y de creer. Qué sería de aquel hombre…, qué pensaría de mí… No se lo podría contar a nadie, ni siquiera a Pilar.

Entonces un hombre muy alto de barba muy poblada, se sentó en la mesa de delante, apoyó su gabardina empapada, el paraguas y encima de todo una gorra que llevaba puesta, fue entonces cuando mostró su lustrosa calva. Remangándose un poco dejó a la vista sus manos y antebrazos, muy peludos, tanto que yo pienso que para mirar la hora de su reloj tendría antes que soplar sobre su esfera. Entre la barba y el pelo de su pecho no había discontinuidad, era todo uno. Se trataba de un personaje fácil de recordar, no haría falta hacerle “retrato robot”, con decir que se trataba de un hombre cubierto entero de pelo salvo en la cabeza bastaría; lo cual en mi situación sería un verdadero problema…

—¡Vaya día de perros! —dijo.

—Ya le digo, y eso que parecía que iba a escampar…

Entonces abriendo la cortina un poco, pude ver cómo caía la lluvia. Había empeorado, “pero ahora tengo mi paraguas”, pensé.

Metí la mano en el bolsillo y saqué un billete de diez euros, estaba pingando, tenía calado hasta el pantalón, alzando la mano llamé al camarero para que cobrara.

Después de tomar nota a mi vecino cogió el dinero y se fue, abriéndose paso entre la mucha gente que llenaba la barra. Volvió con el pedido de mi vecino y dejó mi vuelta sobre la mesa dándome las gracias.

—Gracias a usted.

Cogí mi abrigo y me lo puse con el escalofrío que da ponerse ropa mojada con el cuerpo calentín, el condenado parecía pesar aún más que antes. Fue cuando giré la cabeza para la silla de al lado.

—¡Coño!, ¿¡Mi paraguas!? —Me dije en voz alta.

Miré por debajo de la mesa, en las otras sillas, a mi alrededor. También miré al hombre de enfrente.

—Perdone, ¿Habrá visto mi paraguas?

—Pues no, la verdad que no he visto ningún paraguas. —mientras buscaba él también a su alrededor y por debajo de su mesa.

—Pregunte al camarero, ¿No se lo habrá puesto en el paragüero?

—Qué va, lo tenía aquí mismo, con el abrigo.

Entonces me abrí paso entre la gente y vi al chaval fondo, dentro de la barra.

—¡Por favor!, Amigo.

—Si dígame.

—¿No habrá recogido un paraguas?

—Otro más… —dijo sonriente.

—Es lo que pasa en los paragüeros cuando la lluvia arrecia…, desaparecen como por arte de magia. Tendrá que ir a los chinos amigo, porque con la que está cayendo…

Mi paraguas no estaba, me lo habían robado. ¿Pero cuándo?

Entonces lo vi claro, “¡La vieja!, ¡Había sido la cabrona de la vieja!”

Tuvo que ser mientras estuve en el baño.

En ese momento sonó en mi cabeza la voz del hombre al que había agredido… “¡Hijo puta!, ¡Hijo de puta!”

El camarero entonces se acercó, como para decirme algo.

—¡Ah!, que se me olvidaba, la señora que estaba en la mesa de al lado de la suya, la que se fue cuando estaba usted en el baño, me pidió de le diera las gracias de su parte. Fue un poco raro…

Yo le pregunté por qué, pero ella solo me dijo que usted sabría el por qué.

Fin.

 

Relato, ilustraciones y fotografías:

maximenendez

 

 

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