Espuma de mar, historia de una pipa. (Relato completo)

He decidido juntar, primera parte y desenlace, para hacer más cómoda su lectura si no se ha llegado a leer la parte primera publicada el pasado día 7 de octubre.

¡Gracias amigos!

 

Parte primera

Germán Batallas Etxeberría, aparcó su coche, tomó su maleta, su carpeta y demás papeles, su tabaco y su encendedor y se dirigió al hotel tras un soporífero día de visitas.

Tras registrarse en la recepción, subió a su habitación, y soltándolo todo en el suelo se dejó caer sobre la cama. Temiendo que si seguía en esa postura se quedaría dormido, entró en el baño para darse una ducha rápida, ordenó un poco sus bártulos y salió del hotel.

Una vez en la calle, no pasaron más de cinco minutos caminando y le llegó el peculiar aroma a buena cocina gallega. Pronto encontró un local muy concurrido y se decidió a entrar. Se abrió paso hasta la barra, pidió un vino blanco,  y encendió un cigarrillo.

A pesar de ser miércoles había mucho ambiente, era una noche fría afuera y caía una lluvia fina. En el bar, ruido, gente muy animada y en la televisión fútbol a todo volumen.

—¿Sería posible cenar? —preguntó Germán a un camarero que se habría paso entre la gente.

—Pregunte en la barra, por favor— contestó torciendo el cuello a la vez que esquivaba con su bandeja a unos clientes.

Se acercó otra vez a la barra ganando un poco de hueco y aprovechó para preguntar.

—¡¿Se puede cenar?!

—¡Claro! ¿Cuántos son?

—¡Yo solo!

—Si quiere pase al comedor.

—¡¿Cómo dice?!

—¡Que pase al comedor!

—¡Ah, gracias!

Entonces arrojó el cigarro y se adentró hasta el fondo donde vio el cartel de comedor y baños. Después de lavarse las manos pasó dentro.

—Buenas, me dijeron en la barra que podía cenar.

—¿Usted solo?

—Sí, si…

—La mesa de aquella esquina por favor.

Germán se sentó, se encendió un cigarrillo y observó el local.

Era amplio de techos altos de tono amarillo anaranjado, de sus paredes colgaban fotos de la ciudad, estaba medio lleno de clientela y una buena humareda, en la esquina de enfrente había una puerta por la que entraba la camarera a atender y al lado un aparador grande donde había platos y vasos. Justo encima de su mesa había una televisión, pero Germán no era aficionado al fútbol y no le importaba darle la espalda. Desde su privilegiada ubicación podía observar todo lo que ocurría en el comedor. Entonces llegó la camarera.

—Buenas noches, tenemos todo lo que hay en carta salvo el pollo al ajillo que se nos ha acabado, ¿Para beber qué será?

—Gracias, beberé una jarra de ribeiro.

—¿Grande, mediana?…

—Mediana por favor.

—Entonces le traigo ahora el vino y luego le tomo nota.

—Bien, gracias.

A su derecha, en la otra esquina, se encontraba un hombre mayor, de unos setenta y tantos, al que se dirigió camarera.

—¿Algo de postre don Arturo?

—No, gracias Noelia, un café y la cuenta.

—¿Chupito?

—¡Venga, sí carallo!

El hombre, debía ser cliente habitual, tenia una tupida barba blanca y pelo abundante también blanco, iba elegantemente vestido pero sin corbata, camisa verde oliva y chaleco gris oscuro.

Germán abrió la carta y empezó a hacérsele la boca agua.

Ostras, lacón, pulpo, oreja, carne guisada, caldo, pimiento asado…

¡Madre mía! —Susurró.

Girándose un poco, notó que el viejo le miraba, entonces asintió con la cabeza a lo que el hombre contestó con igual gesto.

—Pruebe el pulpo, está de cine.

—Muchas gracias, eso haré.

—Y el caldo ni le cuento…

—Pues ya está, decidido, contestó sonriendo Germán.

Entonces entró la camarera al comedor, y dejó sobre la mesa del hombre su café el chupito y la cuenta, a continuación fue hacia Germán con la jarra de ribeiro.

—Bueno, ¿Qué le apetece?

—Mira, para delante un caldo gallego y luego una de pulpo con cachelos.

—¿Alguna cosa más?

—Y pan, en abundancia por favor.

—En abundancia, muy bien caballero, ¡Marchando!

Ella se retiró sonriente; después de parase en otra mesa a tomar nota, volvió a la cocina.

Germán entonces se sirvió una taza de ribeiro y encendió un cigarro.

—¿Le importa que fume en pipa?

Germán giró la cabeza hacia el viejo.

—¡Claro que no!, Si yo no paro de fumar…

—Lo digo por lo de la pipa, como es tan aromática…

—Me encanta el olor a pipa, además los fumadores nos tenemos que apoyar los unos en los otros, ¡Cualquier día nos prohíben fumar hasta en los bares!

Entonces Arturo sacó del bolsillo de su abrigo que tenía a su lado una hermosa pipa de espuma de mar, la preparó calmadamente y la encendió.

—Hermosa, le dijo Germán.

—Es turca, la gané en una partida de ajedrez en Estambul, lleva más de cincuenta años conmigo —contestó el viejo con el rabillo de la boca mientras le prendía fuego.

—Pues que la disfrute muchos años más —añadió Germán.

El hombre asintió con la cabeza afablemente mientras inhalaba una profunda calada y su aromático humo iba inundando el comedor.

En ese momento apareció la camarera con su cena.

—Aquí tiene; el caldo, el pulpo y pan abundante, buen provecho caballero.

—Muchas gracias.

Germán apagó su cigarrillo; El caldo parecía estar muy caliente y soplando un poco lo probó, cuidando de no quemarse.

—¡Ummm!

—A que está bueno, pues ya verá el pulpo, tómelo antes para que se le enfríe un poco el caldo.

Germán se rió siguió el consejo del viejo y pinchó un generoso trozo del pulpo.

—¡Coño, quema también!

Y los dos a la vez echaron una carcajada

—Sople un poco hombre, y coma tranquilo que el caldo tardará en enfriar.

Mientras el viejo apuraba buenas de caladas de su espléndida pipa, Germán pinchaba en su tenedor buenos trozos de pulpo, cachelos con buenos mendrugos de pan, lo despachó en un abrir y cerrar de ojos, entonces atacó el caldo en el que introdujo unos “barquitos” de pan, ya que aún estaba caliente, el cual finiquitó también con diligencia.

Se volvió a escuchar una sonora risa entre una buena humareda proveniente de la mesa del viejo.

—¿Estaba bueno, o no?

—Muy bueno amigo, gracias por aconsejarme.

—Pues ahora tienes que probar el orujo, es de los mejores

Entonces, volvió la camarera.

—¿Qué tal, todo bien, un postre o un poco de queso?

—No gracias, lo que si me tomaría es un café con hielo y un chupito de orujo blanco.

—Café hielo y chupito, muy bien.

Germán se giró y miró a su derecha.

—Por favor, ¿Cómo no se sienta conmigo a tomar un chupito o lo que le apetezca? Me gustaría convidarle por su buen consejo.

Pipa en boca, le miró y sonriente cogió su abrigo de la silla y su chupito, se dirigió a la mesa de Germán y se sentó a su izquierda.

—Gracias amigo, es un placer sentarme con usted, pero no tiene nada que agradecer, la hospitalidad es deber de caballeros.

Pronto llegó el orujo.

—Noelia, deja aquí la botella, que este caballero y yo vamos a charlar un rato.

Él entonces vació su pipa en el cenicero y empezó a rellenarla con más tabaco.

—Me llamo Arturo ¿Y usted?

—Germán, Germán Batallas y… le ruego disculpe, antes no pude evitar escuchar su nombre cuando habló con la camarera.

—Ah, con Noelia

—Sí, eso también lo cacé —contestó Germán sonriendo

—¿Qué te parece si nos empezamos a tutear, el usted me hace sentirme más viejo aún de lo que soy?

—Claro, perfecto Arturo—contestó Germán con semblante amable.

Y se estrecharon la mano.

—¿De dónde eres Germán? Y si me permites preguntar, ¿Qué te trae por Santiago?

—Soy de Amorebieta, pero resido en Bilbao, soy vendedor y viajo por todo el norte, desde Guipúzcoa hasta Pontevedra.

—¡Ah!, duro trabajo amigo.

—Bueno los hay peores, no me quejo la verdad.

—¿Dónde te hospedas?

—En el Parador.

—¡Carallo! Vas a lo grande eh…

—Bueno, es un capricho, tenía muchas ganas de conocerlo, no voy ni a pasar la factura a la empresa, solo es esta noche y la de mañana…

Entonces Arturo, llenando hasta rebosar los dos vasos de chupito, propuso un brindis.

—Pues por Germán y por Arturo.

—¡Por los dos!, exclamó Germán.

Se bebieron ambos el chupito de un solo trago; un gesto de satisfacción apareció en el rostro de Germán.

—¡Buenisimo!

Arturo, después de volver a llenar los vasos, tomo su pipa y empezó a preparar para empezar una nueva fumada, Germán también encendió un cigarrillo.

—¿Y qué años tienes Germán?  Si me permites la pregunta…

—¡Claro! Veintiséis.

—¡Joder!, eres un chaval, la barba te hace un poco mayor.

—Sí ya me han dicho algunos que me hace más viejo, pero me gusta, como a usted la suya me imagino.

Arturo se echó a reír, y tomando su excelsa pipa le atizó bien hasta que salieron de ella unas hermosas llamaradas.

—¿Viejo?, ¡Yo soy viejo carallo! ¿Cuántos años piensas que tengo?

Germán le miró bien, se echó una buena calada y con gesto dubitativo le contestó.

—Setenta y dos o…

Arturo se volvió a reír, esta vez con más gana, y agarró el chupito.

—¡Salud amigo!, casi aciertas.

Y brindando, el viejo apuró el chupito hasta el final, Germán al darse cuenta hizo lo mismo.

—¡Casi! ¿Cuántos tienes de verdad, Arturo?

—Tengo ochenta y tres hijo, te quedaste un poco corto, pero me lo tomaré como un cumplido, ya sabes, cuando somos viejos, con el tema de los años somos como los niños, pero al revés, nos gusta que nos echen de menos.

Entonces volvió a llenar las copas y con un gesto esta vez serio atizó de nuevo su pipa.

—Pero ahí están, uno mira para atrás y se traslada a épocas pasadas a más de la velocidad que la luz, ¿¡Quién era ese que decía no se podía!?, me estoy viendo con veintitantos ahora mismo.

Entonces se quedaron unos segundos en silencio.

La botella del exquisito orujo, poco a poco iba bajando, también en la cabeza de Germán se le empezaban poco a poco a nublar las ideas, y a espesar el habla.

—Y… ¿A qué te dedicaste?, perdona Arturo, mejor dicho…, ¿A qué te dedicas?

Entonces Arturo, echó mano al orujo y volvió a llenar las copas.

—Amigo mío, ambas preguntas son correctas, desde que tengo uso de razón he trabajado, a veces muy duro, pero siempre me supe ganar la vida, hasta unos meses atrás que lo he dejado, el médico me ha dicho que dejara de trabajar, de fumar, de comer, beber…, vamos todo;  pero yo únicamente dejé la primera, por consiguiente, ahora solo como, fumo y bebo, —contestó Arturo casi sin sacar la pipa de su boca y mirando a Germán fijamente y con cara de circunstancias.

—Y… ¿tiene esposa, hijos…?

—Tuve,  ambas cosas, pero por desgracia mi mujer se murió hace ya diez años y con mi hijo no me hablo, bueno mejor dicho no me habla desde hace muchos años. En quince años solo hablé con él la semana pasada para contarle que dejaba de trabajar, él vive con su familia en México. ¿¡Sabes!?, Tengo dos nietos y a uno ni lo conozco. Pero pronto tendrán que venir por aquí.

Entonces Arturo tomó la botella de orujo y sirvió dos chupitos más. German ya empezaba a estar bastante perjudicado, pero no rehusó el licor.

—Pues lo siento mucho Arturo.

—No te preocupes, son cosas de la vida. Tú intenta ser feliz que la vida pasa volando, y sobre todo nunca dejes de intentar hacer realidad tus sueños, lucha hasta que la muerte te llame, y sobre todo nunca dejes de lado a los que te aman o a los que amas o quieres amar, te lo digo de corazón. No quiero parecerte condescendiente, porque yo he descubierto eso ahora, en el último trecho de mi vida.

En ese momento entró Noelia en el comedor y se dirigió a ellos.

—¡Bueno!, ¿Cómo van?… ¡Ay carallo!, ¡Si se han bebido la botella de orujo entera!

Los tres se echaron a reír. Germán, empapado en ribeiro y licor ya tenía una borrachera considerable, y guardaba la compostura a duras penas. Arturo estaba mejor, aunque también le patinaba un poco la lengua.

¡Venga!, traiga la cuenta y un par de chupitos de despedida, —Gritó Germán en tono tabernero.

—¡Invito yo! Trae la cuenta y un par de chupitos más Noelia —exclamó Arturo.

—No, no de eso nada…

—¡Tú te callas! Cuando vaya por Bilbao, ya me invitarás tú.

—Vale pues, asintió Germán moviendo la cabeza como una peonza.

Tras proceder a la ingesta los últimos chupitos, Germán hubo de ser acompañado al Parador por Arturo, el cual, aún estando también bastante perjudicado, era de los dos el más lúcido.

Arturo también le ayudo a subir a su habitación ya que no recordaba ni su número. Una vez allí le quitó los zapatos y el abrigo y lo dejó desmayado sobre la cama.

—Adiós amigo, gracias por haberme dado tan grata velada, no lo olvidaré y espero que tú tampoco. —Le dijo Arturo a pesar de que Germán ya estaba roncando.

Y cerrando la puerta, se fue.

 

 

Parte segunda, el desenlace.

A la mañana siguiente unos golpes despertaron a Germán, era la puerta de su habitación en la que estaban picando, una horrible sensación le invadió. Se acercó a la puerta y abriéndola ligeramente asomó media cara; al otro lado una guapa joven de su misma edad aproximadamente, morena de preciosos ojos oscuros se dirigió a él con voz suave.

—¿El señor Batallas?

—Sí, buenos días —susurró, a duras penas por la afonía.

—Buenos días, disculpe, le llamamos por teléfono varias veces y como ayer nos pidió que insistiéramos, al no contestar nos preocupamos y he subido a avisarle.

—Muchas gracias, pero creo que he debido coger la gripe, me temo que no voy a poder salir hoy del hotel, si fuera usted tan amable de alcanzarme unas aspirinas se lo agradecería.

—Por supuesto, ¿Quiere que avisemos a un médico?

—No muchas gracias, yo creo que con descanso y unas aspirinas será suficiente.

Entonces la joven le hizo entrega de un pequeño paquete.

—Este paquete lo dejaron a primera hora en recepción para usted, lo trajo una señora.

—¡Ah!, no se qué podrá ser, muchas gracias.

—Bueno, pues lo que voy a hacer es mandar que le alcancen las aspirinas y también algo de desayuno, por si le apetece comer algo ahora o más tarde.

—Es muy amable, muchas gracias.

—No hay de qué, cualquier cosa que necesite, por favor pídalo a recepción —contestó la joven mostrando una bella sonrisa.

Nada más cerrar la puerta, Germán lanzó el paquete y se quitó la ropa con la que había dormido. Luego apuradamente se dirigió al baño, donde vomitó desde el último chupito de orujo hasta el primer trozo de pulpo de la cena, luego se introdujo en la ducha con su cepillo de dientes en la boca.

Tras mirarse en el espejo, le quedó claro que ese día no podría trabajar.

No recordaba casi nada de la noche anterior. A duras penas se acordaba del restaurante y de Arturo, luego todo se desvanecía hasta esa misma mañana.

Lo que sí recordó fueron las citas que tenía concertadas para ese jueves y rápidamente se dirigió a tomar su agenda para intentar llamar por teléfono para cancelarlas. Pero antes tenía que esperar a que se le aclarara la voz un poco.

En ese momento picaron a la puerta, y tomando una toalla para taparse abrió la puerta a un chico que traía un carrito.

—Buenos días señor.

—Buenos días, déjelo aquí mismo por favor.

Germán se dirigió a sus pantalones y cogió unas monedas y se las dio al chico.

—Muchas gracias señor.

Germán cerró la puerta aliviado, tomó un par de aspirinas y se dirigió a cancelar las visitas, tenía cinco a la mañana y dos a la tarde. Probó sus cuerdas vocales hablando un poco solo y se sentó en el lado de la cama del teléfono para comenzar a resolver el entuerto.

Una vez acabadas y saliendo más o menos airoso, entreabrió el ventanal y se fumó un cigarrillo. Después se recostó en la cama, encendió la televisión y casi al momento se quedó dormido.

Ya pasaba de las cuatro de la tarde cuando Germán despertó.

El mal sabor aún permanecía en su boca y la enorme resaca, solo había remitido levemente. Se volvió a dar una ducha. Después, comió un plátano que le habían traído con el desayuno.

Miró por la ventana y pudo ver que la lluvia había cesado a pesar de que el suelo seguía húmedo y el cielo cubierto. La figura de la Catedral se erigía majestuosa y decidió vestirse para dar un paseo ligero.

Fue entonces cuando vio el paquete que le había subido la joven a la mañana.

—¿Qué será esto?

Se sentó y procedió a abrirlo, iba muy bien envuelto, parecía preparado por un japonés, lo deshizo y descubrió una pequeña caja de madera y un sobre. Abrió la caja y con sorpresa pudo ver que era una pipa.

—¡La pipa de Arturo!

Ello hizo que se le aclarara la memoria un poco y empezó a recordar mejor lo acontecido la noche pasada.

Colocó la pipa en la caja y tomó el sobre, lo abrió y empezó a leer.

Estimado Germán:

Me imagino que te habrás llevado una buena sorpresa, pero después de nuestro encuentro de ayer he reflexionado. He decidido seguir las instrucciones del médico, o sea, lo voy a dejar todo; hasta el fumar.

Entonces pensé que de todas las personas que he conocido, tú eras quien debía lucirla a partir de ahora.

Te agradezco mucho la velada de ayer y espero que la hayas disfrutado tanto como yo.

Recuerda lo que hablamos, sobre todo lo concerniente a la felicidad.

Te deseo lo mejor, quizá nos volvamos a ver algún día.

 

Afectuosamente

Arturo Mosqueira Ulloa-Aza Bances

Germán contrariado, guardó la carta en el sobre y se quedó sentado en una silla pensativo por un buen rato.

Entonces se vistió y bajó a la calle. Paseó por las empedradas calles que rodean a la catedral durante más de una hora, luego entró por la puerta principal y con ambas  manos acarició el Pórtico de la Gloria y su tacto le recordó a la pipa de Arturo; frío, rocoso. Dio una vuelta completa por sus naves y salió a la calle. Había empezado a llover.

Pensó que sería buena idea pasar por el restaurante de la noche anterior, quizá se encontrara a Arturo, aunque sentía un poco de vergüenza a volver, dado en el estado deplorable con el que había acabado, pero decidió ir de todas formas. Caminó amparado por los soportales y cuando llegó, estaba cerrado. Un cartel anunciaba los jueves, cerrado por descanso.

Un poco aliviado, decidió volver al hotel y acabar con las sobras del desayuno.

Cuando entró en la habitación observó que le habían hecho la cama y  retirado el carrito del desayuno.

Le dio igual, ya que pensó que no le vendría mal dejar reposar el estomago, ya que aún no estaba bien recuperado de la merluza, además al día siguiente quedaba trabajo antes de retornar a Bilbao.

Encendió el televisor y al poco tiempo volvió a dormirse.

A la mañana siguiente se despertó muy temprano sin necesidad del aviso de la recepción y después de asearse y recoger sus cosas bajó a desayunar al bufet del parador.

En la recepción estaba la hermosa morena que le había despertado.

—¡Buenos días!

—Buenos días don Germán, ¿Ya se encuentra mejor? —preguntó ella con cara muy sonriente

—Sí, sí, estoy ya mucho mejor, lo que debía necesitar era dormir un poco.

Ella no pudo evitar mostrar una amplia sonrisa.

—Claro, claro…

—Bueno voy a desayunar, muchas gracias —contestó Germán ruborizado.

—No hay de que, hasta ahora.

La joven era muy hermosa y se percató que a Germán le gustaba.

Entro al comedor donde le esperaba un espectacular bufet. Estaba hambriento

—Me voy a poner las botas, —se dijo para sí.

Se sirvió dos tandas bien repletas, de todo lo que le cabía en el plato. Después pidió que le sirvieran un café y si fuera posible que le alcanzaran un periódico.

—¿Con leche señor?

—Si, por favor.

El camarero le acercó La voz de Galicia y le sirvió el café.

Mientras vertía un sobre de azúcar empezó a hojear el periódico, después de soplar un poco, tomó un trago del café.

Entonces se le turbó el rostro y soltó su cucharilla súbitamente.

Estaba una foto de Arturo y a su pie en titulares:

Fallece el conocido empresario de la industria conservera Arturo Mosqueira.

Germán se quedó estupefacto.

El cuerpo fue encontrado por su asistenta al regresar de hacer un recado que le había encargado. Yacía en uno de los sillones de su despacho después de haberse disparado con un revolver de su propiedad.

Según fuentes de la familia que reside en México con la que se pudo poner en contacto este periódico, hacía unas semanas que se le había detectado una grave enfermedad, por lo que se cree que ese pudo haber sido el motivo por el que presuntamente decidiera quitarse la vida.

Entonces dejó el periódico sobre la mesa y abandonó el comedor. En la recepción del hotel estaba la hermosa joven que le había entregado el paquete la mañana anterior.

—Por favor, me puede ir preparando la cuenta, en un rato dejaré el hotel.

—Claro don Germán, ¿Se encuentra bien?, No tiene muy buena cara.

—No es nada gracias, me encuentro ya mucho mejor, hasta luego.

No tomo el ascensor, subió por la escalera, entró en su habitación, abrió la caja donde se encontraba la pipa y la tomo en sus manos. Luego se sentó en la cama con ella.

Estaba en estado de shock.

Intentó asimilar durante un buen rato lo sucedido. Incluso pensó en ir a la policía, pero para qué, si ello fuera necesario seguro que ellos ya abrían pasado por el hotel.

Tomó la carta que le había dejado Arturo y volvió a leerla detenidamente. Luego lo guardó todo y se dispuso a abandonar el cuarto.

En la recepción había una persona que estaba siendo atendida por su amiga y aunque había otro hombre libre en el mostrador, disimuló con el fin de ser atendido por ella. En un momento quedó libre y se dirigió a ella.

—Hola, buenos días otra vez.

—Buenos días don Germán, ¿Nos deja ya?

Él se quedo mirando a sus ojos ensimismado, su boca era como un mundo de expresividad, sintió que algo se estremecía en su interior y se quedó atontado mirando su labios, pintados de rojo y que parecían pétalos de rosa.

La joven se percató y no pudo contener la risa.

—Disculpa, bueno…, si te parece nos tuteamos —contestó German, algo ruborizado—, sí creo que me tendré que ir…, pero, si me permite la pregunta…, ¿Cómo se llama?

Ella no pudo contenerse y se volvió a reír, esta vez sin recato y con un dedo se dio varios golpecitos sobre la placa que llevaba en la parte izquierda de su chaqueta.

—Raquel…, me llamo Raquel; Germán.

—Pues…, es un nombre precioso.

Entonces ambos se echaron a reír.

Germán experimentó una gran alivio en su interior, una sensación  nueva pero a la vez familiar. De repente le vino a la cabeza Arturo, su mirada, su voz; y metiendo la mano en su bolsillo derecho tocó la fría y pétrea pipa que llevaba consigo.

—¿Sabes?,  Estos días han sido un poco extraños, —confesó Germán

Ella se volvió a sonreír y asintió con la cabeza.

—Bueno no me gustaría parecer atrevido Raquel pero…, no se…, me imagino que tendrás novio, —le soltó Germán, esta vez colorado como un autentico tomate maduro.

El compañero de Raquel, salió de la recepción, tosiendo jocosamente para no interferir en el delicado momento y aprovechando que no había mas clientes.

—Pues no, no tengo, —contesto ella con cara interesante apoyando sus codos en el mostrador y mirando a Germán desde abajo.

En ese momento sintió como si le apretaran el cuello y un enorme vacío en el pecho, la imagen de Arturo volvió a su mente, eso le hizo serenarse.

—Yo tengo que cerrar unos asuntos ahora por la mañana pero acabaré a medio día.

Entonces se quedo en silencio unos segundos y prosiguió.

—Quizá te parezca un atrevido pero…, no se… ¿A qué hora que sales?, Si eso me encantaría comer contigo.

Ella le miró y volvió a esgrimir sus amplia sonrisa y apretó luego sus labios.

—A la pregunta de a qué hora salgo…, a las dos.

—Respecto a la comida…, pues…, que a mí también me encantaría.

En el rostro de Germán se plasmó la viva imagen de la felicidad, una satisfacción tan plena como nunca en su vida había experimentado. Entonces, volvió a tocar la pipa en el interior de su bolsillo; observó que ya no estaba tan fría gracias al calor de su mano.

—¿Entonces, nos vemos a las dos aquí?

—Si,  —contestó ella.

Fin

 

Relato:

maximenendez

Ilustración: Modificado de una imagen de internet.

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