Espuma de mar, historia de una pipa. (Parte primera)

Desenlace, el próximo jueves 11 de octubre.

Germán Batallas Etxeberría, aparcó su coche, tomó su maleta, su carpeta y demás papeles, su tabaco y su encendedor y se dirigió al hotel tras un soporífero día de visitas.

Tras registrarse en la recepción, subió a su habitación, y soltándolo todo en el suelo se dejó caer sobre la cama. Temiendo que si seguía en esa postura se quedaría dormido, entró en el baño para darse una ducha rápida, ordenó un poco sus bártulos y salió del hotel.

Una vez en la calle, no pasaron más de cinco minutos caminando y le llegó el peculiar aroma a buena cocina gallega. Pronto encontró un local muy concurrido y se decidió a entrar. Se abrió paso hasta la barra, pidió un vino blanco,  y encendió un cigarrillo.

A pesar de ser miércoles había mucho ambiente, era una noche fría afuera y caía una lluvia fina. En el bar, ruido, gente muy animada y en la televisión fútbol a todo volumen.

—¿Sería posible cenar? —preguntó Germán a un camarero que se habría paso entre la gente.

—Pregunte en la barra, por favor— contestó torciendo el cuello a la vez que esquivaba con su bandeja a unos clientes.

Se acercó otra vez a la barra ganando un poco de hueco y aprovechó para preguntar.

—¡¿Se puede cenar?!

—¡Claro! ¿Cuántos son?

—¡Yo solo!

—Si quiere pase al comedor.

—¡¿Cómo dice?!

—¡Que pase al comedor!

—¡Ah, gracias!

Entonces arrojó el cigarro y se adentró hasta el fondo donde vio el cartel de comedor y baños. Después de lavarse las manos pasó dentro.

—Buenas, me dijeron en la barra que podía cenar.

—¿Usted solo?

—Sí, si…

—La mesa de aquella esquina por favor.

Germán se sentó, se encendió un cigarrillo y observó el local.

Era amplio de techos altos de tono amarillo anaranjado, de sus paredes colgaban fotos de la ciudad, estaba medio lleno de clientela y una buena humareda, en la esquina de enfrente había una puerta por la que entraba la camarera a atender y al lado un aparador grande donde había platos y vasos. Justo encima de su mesa había una televisión, pero Germán no era aficionado al fútbol y no le importaba darle la espalda. Desde su privilegiada ubicación podía observar todo lo que ocurría en el comedor. Entonces llegó la camarera.

—Buenas noches, tenemos todo lo que hay en carta salvo el pollo al ajillo que se nos ha acabado, ¿Para beber qué será?

—Gracias, beberé una jarra de ribeiro.

—¿Grande, mediana?…

—Mediana por favor.

—Entonces le traigo ahora el vino y luego le tomo nota.

—Bien, gracias.

A su derecha, en la otra esquina, se encontraba un hombre mayor, de unos setenta y tantos, al que se dirigió camarera.

—¿Algo de postre don Arturo?

—No, gracias Noelia, un café y la cuenta.

—¿Chupito?

—¡Venga, sí carallo!

El hombre, debía ser cliente habitual, tenia una tupida barba blanca y pelo abundante también blanco, iba elegantemente vestido pero sin corbata, camisa verde oliva y chaleco gris oscuro.

Germán abrió la carta y empezó a hacérsele la boca agua.

Ostras, lacón, pulpo, oreja, carne guisada, caldo, pimiento asado…

¡Madre mía! —Susurró.

Girándose un poco, notó que el viejo le miraba, entonces asintió con la cabeza a lo que el hombre contestó con igual gesto.

—Pruebe el pulpo, está de cine.

—Muchas gracias, eso haré.

—Y el caldo ni le cuento…

—Pues ya está, decidido, contestó sonriendo Germán.

Entonces entró la camarera al comedor, y dejó sobre la mesa del hombre su café el chupito y la cuenta, a continuación fue hacia Germán con la jarra de ribeiro.

—Bueno, ¿Qué le apetece?

—Mira, para delante un caldo gallego y luego una de pulpo con cachelos.

—¿Alguna cosa más?

—Y pan, en abundancia por favor.

—En abundancia, muy bien caballero, ¡Marchando!

Ella se retiró sonriente; después de parase en otra mesa a tomar nota, volvió a la cocina.

Germán entonces se sirvió una taza de ribeiro y encendió un cigarro.

—¿Le importa que fume en pipa?

Germán giró la cabeza hacia el viejo.

—¡Claro que no!, Si yo no paro de fumar…

—Lo digo por lo de la pipa, como es tan aromática…

—Me encanta el olor a pipa, además los fumadores nos tenemos que apoyar los unos en los otros, ¡Cualquier día nos prohíben fumar hasta en los bares!

Entonces Arturo sacó del bolsillo de su abrigo que tenía a su lado una hermosa pipa de espuma de mar, la preparó calmadamente y la encendió.

—Hermosa, le dijo Germán.

—Es turca, la gané en una partida de ajedrez en Estambul, lleva más de cincuenta años conmigo —contestó el viejo con el rabillo de la boca mientras le prendía fuego.

—Pues que la disfrute muchos años más —añadió Germán.

El hombre asintió con la cabeza afablemente mientras inhalaba una profunda calada y su aromático humo iba inundando el comedor.

En ese momento apareció la camarera con su cena.

—Aquí tiene; el caldo, el pulpo y pan abundante, buen provecho caballero.

—Muchas gracias.

Germán apagó su cigarrillo; El caldo parecía estar muy caliente y soplando un poco lo probó, cuidando de no quemarse.

—¡Ummm!

—A que está bueno, pues ya verá el pulpo, tómelo antes para que se le enfríe un poco el caldo.

Germán se rió siguió el consejo del viejo y pinchó un generoso trozo del pulpo.

—¡Coño, quema también!

Y los dos a la vez echaron una carcajada

—Sople un poco hombre, y coma tranquilo que el caldo tardará en enfriar.

Mientras el viejo apuraba buenas de caladas de su espléndida pipa, Germán pinchaba en su tenedor buenos trozos de pulpo, cachelos con buenos mendrugos de pan, lo despachó en un abrir y cerrar de ojos, entonces atacó el caldo en el que introdujo unos “barquitos” de pan, ya que aún estaba caliente, el cual finiquitó también con diligencia.

Se volvió a escuchar una sonora risa entre una buena humareda proveniente de la mesa del viejo.

—¿Estaba bueno, o no?

—Muy bueno amigo, gracias por aconsejarme.

—Pues ahora tienes que probar el orujo, es de los mejores

Entonces, volvió la camarera.

—¿Qué tal, todo bien, un postre o un poco de queso?

—No gracias, lo que si me tomaría es un café con hielo y un chupito de orujo blanco.

—Café hielo y chupito, muy bien.

Germán se giró y miró a su derecha.

—Por favor, ¿Cómo no se sienta conmigo a tomar un chupito o lo que le apetezca? Me gustaría convidarle por su buen consejo.

Pipa en boca, le miró y sonriente cogió su abrigo de la silla y su chupito, se dirigió a la mesa de Germán y se sentó a su izquierda.

—Gracias amigo, es un placer sentarme con usted, pero no tiene nada que agradecer, la hospitalidad es deber de caballeros.

Pronto llegó el orujo.

—Noelia, deja aquí la botella, que este caballero y yo vamos a charlar un rato.

Él entonces vació su pipa en el cenicero y empezó a rellenarla con más tabaco.

—Me llamo Arturo ¿Y usted?

—Germán, Germán Batallas y… le ruego disculpe, antes no pude evitar escuchar su nombre cuando habló con la camarera.

—Ah, con Noelia

—Sí, eso también lo cacé —contestó Germán sonriendo

—¿Qué te parece si nos empezamos a tutear, el usted me hace sentirme más viejo aún de lo que soy?

—Claro, perfecto Arturo—contestó Germán con semblante amable.

Y se estrecharon la mano.

—¿De dónde eres Germán? Y si me permites preguntar, ¿Qué te trae por Santiago?

—Soy de Amorebieta, pero resido en Bilbao, soy vendedor y viajo por todo el norte, desde Guipúzcoa hasta Pontevedra.

—¡Ah!, duro trabajo amigo.

—Bueno los hay peores, no me quejo la verdad.

—¿Dónde te hospedas?

—En el Parador.

—¡Carallo! Vas a lo grande eh…

—Bueno, es un capricho, tenía muchas ganas de conocerlo, no voy ni a pasar la factura a la empresa, solo es esta noche y la de mañana…

Entonces Arturo, llenando hasta rebosar los dos vasos de chupito, propuso un brindis.

—Pues por Germán y por Arturo.

—¡Por los dos!, exclamó Germán.

Se bebieron ambos el chupito de un solo trago; un gesto de satisfacción apareció en el rostro de Germán.

—¡Buenisimo!

Arturo, después de volver a llenar los vasos, tomo su pipa y empezó a preparar para empezar una nueva fumada, Germán también encendió un cigarrillo.

—¿Y qué años tienes Germán?  Si me permites la pregunta…

—¡Claro! Veintiséis.

—¡Joder!, eres un chaval, la barba te hace un poco mayor.

—Sí ya me han dicho algunos que me hace más viejo, pero me gusta, como a usted la suya me imagino.

Arturo se echó a reír, y tomando su excelsa pipa le atizó bien hasta que salieron de ella unas hermosas llamaradas.

—¿Viejo?, ¡Yo soy viejo carallo! ¿Cuántos años piensas que tengo?

Germán le miró bien, se echó una buena calada y con gesto dubitativo le contestó.

—Setenta y dos o…

Arturo se volvió a reír, esta vez con más gana, y agarró el chupito.

—¡Salud amigo!, casi aciertas.

Y brindando, el viejo apuró el chupito hasta el final, Germán al darse cuenta hizo lo mismo.

—¡Casi! ¿Cuántos tienes de verdad, Arturo?

—Tengo ochenta y tres hijo, te quedaste un poco corto, pero me lo tomaré como un cumplido, ya sabes, cuando somos viejos, con el tema de los años somos como los niños, pero al revés, nos gusta que nos echen de menos.

Entonces volvió a llenar las copas y con un gesto esta vez serio atizó de nuevo su pipa.

—Pero ahí están, uno mira para atrás y se traslada a épocas pasadas a más de la velocidad que la luz, ¿¡Quién era ese que decía no se podía!?, me estoy viendo con veintitantos ahora mismo.

Entonces se quedaron unos segundos en silencio.

La botella del exquisito orujo, poco a poco iba bajando, también en la cabeza de Germán se le empezaban poco a poco a nublar las ideas, y a espesar el habla.

—Y… ¿A qué te dedicaste?, perdona Arturo, mejor dicho…, ¿A qué te dedicas?

Entonces Arturo, echó mano al orujo y volvió a llenar las copas.

—Amigo mío, ambas preguntas son correctas, desde que tengo uso de razón he trabajado, a veces muy duro, pero siempre me supe ganar la vida, hasta unos meses atrás que lo he dejado, el médico me ha dicho que dejara de trabajar, de fumar, de comer, beber…, vamos todo;  pero yo únicamente dejé la primera, por consiguiente, ahora solo como, fumo y bebo, —contestó Arturo casi sin sacar la pipa de su boca y mirando a Germán fijamente y con cara de circunstancias.

—Y… ¿tiene esposa, hijos…?

—Tuve,  ambas cosas, pero por desgracia mi mujer se murió hace ya diez años y con mi hijo no me hablo, bueno mejor dicho no me habla desde hace muchos años. En quince años solo hablé con él la semana pasada para contarle que dejaba de trabajar, él vive con su familia en México. ¿¡Sabes!?, Tengo dos nietos y a uno ni lo conozco. Pero pronto tendrán que venir por aquí.

Entonces Arturo tomó la botella de orujo y sirvió dos chupitos más. German ya empezaba a estar bastante perjudicado, pero no rehusó el licor.

—Pues lo siento mucho Arturo.

—No te preocupes, son cosas de la vida. Tú intenta ser feliz que la vida pasa volando, y sobre todo nunca dejes de intentar hacer realidad tus sueños, lucha hasta que la muerte te llame, y sobre todo nunca dejes de lado a los que te aman o a los que amas o quieres amar, te lo digo de corazón. No quiero parecerte condescendiente, porque yo he descubierto eso ahora, en el último trecho de mi vida.

En ese momento entró Noelia en el comedor y se dirigió a ellos.

—¡Bueno!, ¿Cómo van?… ¡Ay carallo!, ¡Si se han bebido la botella de orujo entera!

Los tres se echaron a reír. Germán, empapado en ribeiro y licor ya tenía una borrachera considerable, y guardaba la compostura a duras penas. Arturo estaba mejor, aunque también le patinaba un poco la lengua.

¡Venga!, traiga la cuenta y un par de chupitos de despedida, —Gritó Germán en tono tabernero.

—¡Invito yo! Trae la cuenta y un par de chupitos más Noelia —exclamó Arturo.

—No, no de eso nada…

—¡Tú te callas! Cuando vaya por Bilbao, ya me invitarás tú.

—Vale pues, asintió Germán moviendo la cabeza como una peonza.

Tras proceder a la ingesta los últimos chupitos, Germán hubo de ser acompañado al Parador por Arturo, el cual, aún estando también bastante perjudicado, era de los dos el más lúcido.

Arturo también le ayudo a subir a su habitación ya que no recordaba ni su número. Una vez allí le quitó los zapatos y el abrigo y lo dejó desmayado sobre la cama.

—Adiós amigo, gracias por haberme dado tan grata velada, no lo olvidaré y espero que tú tampoco. —Le dijo Arturo a pesar de que Germán ya estaba roncando.

Y cerrando la puerta, se fue.

Fin de la primera parte. Desenlace, próximo jueves 11 de octubre.

 

Relato:

maximenendez

Ilustración:

Modificado de una imagen autor desconocido

 

 

 

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