Lucía y el duende.

Lucía y el duende.

En el pequeño pueblo de Arucas de las Mercedes, había nacido Lucía de la Fuente con la primera luz del día; dos kilos escasos, pero con un llanto tan ruidoso como el de la bocina de una atracción de feria.

En la escuela era el centro de atención. Todos sus compañeros y los profesores la querían, era entrañable y muy buena niña.

Sus padres, Luisa y Ramón, eran los panaderos del pueblo y siempre cuidaban de su única hija como si de un pequeño tesoro se tratara. Siempre la atiborraban de bollos y empanadas, ya que era muy menuda y no paraba de hacer deporte, le encantaba jugar al baloncesto y sobre todo montar a caballo.

Tenía un problema con su vista, desde muy pequeña se vio obligada a usar gafas, y cada año de mayor grosor, el médico había dicho a sus padres que algún día pararía de empeorar, pero que no se sabía cuándo.

Su timidez era comparable a su físico, no era lo suyo hablar mucho, solo miraba al través de sus grandes vidrios, con sus oscuros ojos, y luego mostraba una amplia sonrisa.

A pesar de su dulzura, atesoraba un buen genio con el que compensaba su aspecto frágil, sacando a veces su fiereza, sobre todo cuando observaba injusticias o malos comportamientos para con los suyos.

Era muy buena estudiante y muy educada. Le encantaba la música, la lectura y madrugar todas las mañanas para ayudar a sus padres en la panadería.

Pero si había algo que la apasionaba por encima de todo, era mirar al cielo y ver las estrellas y la luna. Con el tiempo creció en ella una gran curiosidad por el espacio y sus misterios. Tenía la ilusión de poder volar y pilotar aviones. Incluso tenía el sueño de tripular naves espaciales, visitar otros planetas y quizá descubrir vida extraterrestre. Cuando caía el sol, disfrutaba mirando al cielo nocturno a través de sus pesadas gafas de culo de botella.

Poco a poco en la escuela sus profesores intentaron quitarle la idea de pilotar aviones y mucho menos ir al espacio, ya que para ser piloto o astronauta, no solo se exigía brillantez intelectual, también cualidades físicas y sus problemas con la vista se lo iban a poner muy difícil, por no decir imposible.

De todas formas, nunca consiguieron quitárselo de la cabeza.

Sus padres, como premio a esfuerzo y perseverancia, en su décimo cumpleaños le regalaron un telescopio y eso colmó todas sus ilusiones. Fue para ella el mejor regalo de su vida. Se apuntó al club de astronomía del colegio, y su afición era bien conocida por todos.

Pasaron los años y llegó el momento de graduarse en el instituto. Había decidido ir a la escuela de Ciencias Exactas, se había enterado de que era lo mejor para luego dedicarse a la astronomía. Sus padres en cambio habían intentado convencerla para que estudiara hostelería y continuar con el negocio familiar, ampliarlo para hacer un restaurante y levantar un pequeño hotel rural en la parte trasera de la panadería, pero infructuosamente.

De todas formas, aceptaron su decisión. El primer sábado de vacaciones le hicieron una gran tarta para celebrarlo. Ella invitó a todas sus amistades y organizó una fiesta en el patio trasero de la casa.

Disfrutaron hasta bien entada la madrugada, luego recogieron y se fue cada uno para su casa.

Lucia estaba agotada y después de agradecer a sus padres la fiesta, ser retiró a su cuarto.

Mientras ya dormitaba en su habitación, sintió un ruido que provenía del pasillo, ella no le dio mucha importancia, pensó que se trataría del gato, hasta que la puerta de su habitación se abrió lentamente y un brillo inundó el cuarto.

Entonces sintió una presencia que la dejó paralizada. No tuvo tiempo ni de coger sus gafas, veía a duras penas en medio del resplandor una figura pequeña que poco a poco se fue acercando hasta colocarse al pie de la cama. Entonces el brillo cesó y solo la media luna que brillaba en su ventana la dejaba ver borroso a un extraño ser. Lucia muerta de miedo, empezó a temblar y en ese instante la figura comenzó a hablarle.

—Buenas noches Lucía.

Ella, casi sin poder articular palabra contestó —Hola, ¿Quién eres?

—Soy… una especie de duende; el de la noche, la luna y las estrellas. No me tengas miedo.

—Te llevo observando durante años mirar la luna y las estrellas, y también he visitado alguna noche tus sueños y tus inquietudes, y he esperado hasta hoy para hablar contigo.

Lucía, se había empezado a serenar, la voz del duende era suave y tranquilizadora y un aura de paz y sosiego la embargaba.

—¿Y qué quieres de mí?

El duende pareció sonreír y sus ojos se iluminaron como dos luceros de cristal.

—He venido a hacerte una proposición, la escucharás y tendrás que decidir si la aceptas o no.

— ¿De qué se trata duende?, —preguntó Lucia con impaciente curiosidad, y palpando su mesita, echó mano a sus gafas y se las puso.

galfi02def.jpgEntonces el duende se incorporó y se acercó a la ventana; la luz de la luna, ya creciente, vislumbró su cuerpo. Era pequeño pero redondo y fuerte con brazos cortos pero robustos y su piel parecía la corteza de un drago, pero cubierto con un suave musgo aterciopelado de color púrpura. En su rostro una pequeña nariz en forma de cuarto creciente, como el pico de un halcón, ojos y boca pequeños y unas grandes orejas de cuyo interior afloraba unas pequeñas enredaderas a modo de largos pendientes. En su cabeza mucho pelo, recio blanco y negro por partes que de forma generosa caía sobre sus hombros, una especie de larga perilla de color dorado, adornaba su mentón.

—Como te he dicho, he venido a hacerte una proposición. Yo soy un ser que poseo el don de poder transitar a través del tiempo hacia delante y hacia atrás. También visitar los diversos universos. Tú estás en tu universo, y transitas en el tiempo hacia adelante, en un solo sentido, y yo estoy ahora contigo, —dijo el duende.

—Es increíble, ¿Y por qué a mí? Yo no tengo nada de especial, solo soy una joven sin nada ni particular —contestó Lucía.

El duende se echó a reír y girándose hacia ella se sentó en un lado de la cama.

—Tienes mucho que aprender Lucía, todas las cosas y los seres del Cosmos son más que particulares, son únicos, y sus vidas también, igual de valiosas todas ellas. Desde la partícula más pequeña a la estrella más brillante del firmamento. El verte cada noche mirando al cielo hizo despertar nuestra atención. Hemos observado el amor y la pasión que hay en ti.

—¿Y qué me vienes a proponer?, ¡Ha perdón! He sido muy mal educada, no te he preguntado tu nombre porque, ¿tendrás verdad? —Exclamó Lucía, colocándose hacia atrás las gafas.

—Tengo muchos nombres, muy largos y complicados de pronunciar, pero si quieres me puedes llamar Lirongalfituno, que es el diminutivo de uno de ellos.

Ella se echó a reír.

—Menos mal que es el diminutivo, ¿Te podría llamar, Lirón?

—¡No!, eso suena muy mal en el lenguaje de los duendes, me puedes llamar Galfi en todo caso.

—Bueno, pues Galfi; cuéntame ya la proposición que me muero de curiosidad.

—Te ofrezco cumplir tu sueño de ir al espacio. Con mis poderes, te trasladaría a un universo paralelo donde tendrías vista de águila y que, junto a tus cualidades conseguirías tu sueño. Mañana te despertarías en ese nuevo mundo y nunca recordaras nuestra conversación ni nuestro trato. Será como si nada hubiera pasado, solo que tu problema de vista habrá desaparecido de tu nueva vida.

—¿Harías eso por mí? —Preguntó la joven Lucía visiblemente emocionada

—Sí Lucía, pero he de advertirte una cosa muy importante; cuando se concede este tipo de deseos, la esencia de los recuerdos se queda en el universo al que te irías, y cuando llegue el final de tu vida, cuando te mueras; tornarás a esta noche de nuevo, y vivirás tu actual vida tal y como es y será en este universo. No recordarás nada de la otra. Así es como se hace y como ha de hacerse.

—¿Lo has entendido bien Lucía? —Preguntó Galfi con rostro serio.

—Sí lo he entendido —respondió ella—. Y los recuerdos del otro universo, ¿Qué pasa con ellos?, ¿A dónde van?.

—Buena pregunta hija.

Entonces Galfi se incorporó de la cama y volvió a mirar a través de la ventana. La luz de la luna iluminó de nuevo su extraordinaria y multicolor estampa.

—Los recuerdos Lucía, quedan grabados en el tiempo y en cada uno de los universos. Solo son de vuestro patrimonio mientras tengáis vida y los recordéis, después ellos se quedan, y vosotros os vais. Seguro que tendrás muchas más dudas hija, eres una joven muy inteligente, pero hay preguntas que un simple duende no sabe responder.

La joven se quedó mirando al rostro del duende, y tras un largo silencio él se giró hacia ella y cerro sus ojos lentamente y apremió a la joven.

—¿Qué decides Lucía? Yo he de partir antes del amanecer con tu decisión tomada. Si aceptas, irás a cumplir tu sueño. Solo tienes esta oportunidad; si no, yo me iré y no volveré jamás.

Ella, recostó su cabeza en la almohada y miró al techo de la habitación con su rostro iluminado por la sincera alegría que solo puede expresar un corazón noble y grande, como el suyo.

—¡Sí, acepto tu oferta! —exclamó, derramando sus ojos unas lágrimas de alegría.

El duende abrió sus ojos y la miró, entonces sentándose al lado de la cama de nuevo, tomó las gafas de su rostro y con uno de sus grandes y rechonchos dedos limpió sus lágrimas. Después le estrecho mano y la acercó a su cara. Luego le devolvió su mano, la arropó con gran delicadeza y se incorporó.

—Pues, que así sea Lucía.

Los ojos de Lucía se fueron cerrando y se durmió profundamente.

El duende desapareció.

La penumbra de la noche dejaba ver los riscos que daban paso a los acantilados que caían verticalmente hasta el mar. Pronto empezó en el horizonte a clarear, con el bello tono rojo amarillento que anuncia el amanecer sobre el océano.

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Entonces unas voces se podían oír escaleras abajo.

—¡Lucía!

—¡¡Lucía!!

—¿Te piensas quedar todo el día en la cama?

La joven aún desorientada abrió los ojos y la luz que entraba por la ventana la deslumbró, entonces con su mano derecha palpó por encima de la mesita. Se incorporó sentándose en un lado de la cama conde solía dejar sus zapatillas y una vez puestas se acercó a la escalera.

—Mamá, por favor, me puedes alcanzar las gafas de repuesto que tengo en el armario de la sala.

—Ayer ha sido grande la juerga, ¡eh! Qué habrás hecho con tus gafas…

—Bueno mamá, ya acabarán apareciendo, como siempre.

Entonces se sentó en el último escalón intentando acabar de desperezarse y su madre subió y le entregó las otras gafas.

—Espabílate ya de una vez, que hoy tienes que ir a solicitar la matrícula a Tafira y ya casi es medio día, —le recordó Luisa.

Con las gafas ya puestas bajó la escalera, entró en la cocina, se preparó un vaso de leche caliente con gofio y un trocito de queso sobre pan recién horneado. Se quedó pensativa mirando a su madre, con su característica caída de ojos.

—A ver Lucía, que te conozco, ¿Qué me vas a pedir?…

—No, nada mamá

—¿Entonces?

Se hizo el silencio y tras unos instantes de suspense…

—Pues… que estaba yo pensando… que… igual no era mala idea lo del restaurante y el hotel rural mamá.

Y las dos se quedaron perplejas, mirando la una para la otra.

 

Ilustraciones y cuento:

maximenendez

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4 comentarios en “Lucía y el duende.

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