El dragón y el corazón de la mariposa.

 

En lo más alto de la montaña, dormía el dragón en su cueva.

Al despertar, bostezando, de su boca salían llamaradas que con un largo trago de agua apagaba, luego con un atronador rugido, sus alas y su cola agitaba.

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Como cada cien años, su guarida abandonaba al encuentro del amor. Al abismo se lanzaba veloz rasgando el aire, y hasta el valle planeaba.

En el pueblo, mitos y leyendas la gente de él contaba. Que a hombres y mujeres, incluso a niños devoraba. Que era cruel y despiadado, insaciable y su acerbo traía plagas, apestaba los animales y con su fuego quemaba bosques, huertas y sembrados.

Aquella mañana, al lado del arroyo, entre la bruma, una dulce niña caminaba siguiendo el aleteo de una colorida mariposa. Al verla desde las alturas, el dragón plegando sus alas, se lanzó en picado hacia ella.

En la otra orilla, un joven cazador ballesta en mano, pudo ver su reflejo en el riachuelo. Sin pensarlo dos veces le apuntó con su arma y le lanzó una saeta tan azarosa y certera, que atravesó su corazón.

Fulminado, por una ladera dando vueltas calló rodando, expirando la bestia su último aliento en forma de una ligera y frugal lumbre.

El ballestero cruzó presto la rivera y a la niña tomó de su mano. Se acercaron cautelosos al dragón caído.

mariposa blgAllí yacía, inerte entre polvo y árboles y arbustos arrancados, y un fuerte olor a azufre. Girado de un lado mostrando la saeta, hendida hasta la pluma, en su pecho. Un pequeño reguero de sangre corría hasta el suelo.

La mariposa, con caótico aleteo, se acercó a su descomunal cabeza, donde una lágrima resbalaba desde de uno de sus dragontinos ojos a través de su áspera mejilla, hasta un lado de su enorme y tenebrosa boca, donde se posa y sorbe de su salitrosa lágrima y mojar sus alas en ella.

Después, como embriagada, retomó el vuelo y fue directamente a su herida, donde inclinando su torso se impregnó con su sangre derramada.

Entonces, sucedió algo increíble; empezó a cambiar.

Sus alas perdieron su colorido y tornaron como la herrumbre. Le creció la boca y también su cuerpo y una larga cola surgió al final de su espalda, completando así su última metamorfosis.

Con cuerpo de dragón y corazón de mariposa, emprendió el vuelo como una gran ave, de camino a la cumbre de la montaña. Ya a lo lejos, lazó un sutil rugido, como un llanto, perdiéndose después en la niebla.

Triste, la niña preguntó al cazador el por qué de todo aquello.

—Niña—, contestó él, postrado de rodillas y doblegado por la pena.

—Creo que he matado el misterio del amor y la luz de la mañana.

Y los dos de la mano, regresaron al pueblo, por el sendero del arroyo.

 

Fotos y cuento:

Maximenendez

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