De Toronto a New York en coche. Ida y vuelta.

Decicado a Edi, Susan, Carol, Breadan, Marco, Mark, Bianca y Estefan. 

Desde hace mucho, tenía la ilusión de visitar a mi familia de Canadá. El tiempo pasa y las etapas de la vida también. Es diferente tener 18, 25 o 45 años, estar soltero, sin hijos, con pareja o sin ella o ser padre de dos hijos de 7 y 12 años. Al final lo cumplimos en el verano de 2016 y de la mejor manera posible, con el último de los escenarios.

Después de volvernos a Asturias, lo primero que se me vino a la cabeza, fue sencillamente, el lamento de no haber ido antes.

En estas vacaciones, experimenté sentimientos que me hicieron mirar dentro de mí de una manera menos dura y más benévola de lo que suelo hacer habitualmente. Eso me hizo creer en que soy una persona, mejor de lo que pensaba; más capaz, mas importante y más valiosa. Mejoró mi autoestima, algo que no es de mis fuertes.

Después de muchos años sin ver a esta familia mía del Canadá, comprobé, como decía al principio, que las etapas de la vida muestran cosas diferentes de cada uno; cambiamos, evolucionamos. Pero paradójicamente, cuando Susan nos vino a buscar al aeropuerto, sentí como si la hubiera visto a diario, tras tanto tiempo. Por otra parte sentí el implacable paso del tiempo y la frugalidad con que lo hace.

El caso es que compartir con ellas, Susan, Carol y Edi, (Edivia) su madre, junto a sus maravillosas familias, fue, para mí, particularmente, lo más importante y más hermoso de ese viaje. Para el resto de mi familia, mis hijos y mi esposa también. Pero estoy seguro que no experimentaron sensaciones, que solo yo podría hacer por motivos obvios.

Pude comprobar cosas que me dejaron perplejo. Por ejemplo, el parecido de mi madre con su prima carnal Edi, que aun estando separadas literalmente por un océano y habiendo tenido vidas absolutamente diferentes, se parecen mucho, sobre todo en el carácter, la forma de hablar, incluso el sentido del humor, muy característico de la rama de mi familia por parte de mi madre y en concreto de mi abuelo. Una sensación muy personal y muy bonita, que me llevó a mi niñez. Fue para mí como ver la vida de una misma persona en dos escenarios total y absolutamente distintos. Es como si hubiera saltado a un universo paralelo.

Como podréis imaginar, un viaje a Canadá, ya de por sí es un privilegio; paisajes grandiosos, maravillas naturales, ciudades que parecen del futuro…

Cuando uno cruza “El Charco”, el tiempo vuela, ya que siempre quieres hacer el mayor numero de cosas, ver muchos sitios. Pero hay que salir mentalizado de que no se puede ver todo, más en un país como Canadá.

Pero, para lo que nos faltó tiempo suficiente, fue para disfrutar de nuestra maravillosa familia canadiense. Pioneros, como otros hombres y mujeres que llegaron antes y después que ellos y de sitios diferentes. Tras décadas de grandes sacrificios y amor por la nueva tierra que tenían bajo sus pies, han levantado un país que quita el hipo. Impresionante en cualquier sentido y desde cualquier lado que se mire. Educación, cultura, arte, diversidad y solidaridad. Un ejemplo.

Y el llevar uno de sus apellidos, te llena de satisfacción y en cierto aspecto te hace sentir copartícipe de sus logros y hazañas.

Un país que sigue creciendo, en plena expansión. Inmensamente rico y enorme. solo lo supera Rusia en extensión.

De las muchas fotos que hicimos, he seleccionado las de que hicimos desde Toronto a Nueva York en coche, el cual alquilamos al no haber problemas en pasarlo a Estados Unidos desde Canadá. Los problemas los tuvimos nosotros, pero lo arreglamos en la aduana con unos amables policías, ya que nos faltaba por pagar una tasa que creíamos ya haber liquidado por internet, pero no fue mucho, unos 20 pavos por persona. Así que si  hacéis un viaje similar tenerlo en cuenta.

Cinco días después, quedamos con el resto de la familia a la vuelta en las Cataratas del Niágara y retornar todos para Toronto.

El viaje es largo, pero os aseguro que merece la pena. Las carreteras como imaginareis son muy buenas. Lo peor es que no se puede correr, no conviene pasar de 65 millas por hora, más o menos 100 kilómetros por hora, y con esas autopistas infinitas se llega ha hacer tedioso. Pero nada que no se arregle con varias paradas, una cervecina aquí, un cafetín allá.. en total yo creo que parando 3 o 4 veces una para cenar en un pueblo tardamos unas 8 horas abundantes en la ida.

Lo peor fue en Manhattan, horrible tráfico en el east-side ya que el “tontón” nos metió por el sur desde Jersey dando un rodeo, como queriendo llevarnos a Brooklyn. Nosotros habíamos introducido “7ª avenida” de New York, y el condenado nos llevaba a la 7ª,  ¡Pero de Brooklyn! porque hay que poner “Manhattan” no “NY” para que te lleve a la correcta. ¡¡Tomar nota!! Y allí estaba todo el atasco. Menos mal que un servidor anduvo listo,  monté el coche en una esquina, nos pusimos a indaganr en el cacharro, y lo descubrimos.

Los héroes de ese viaje sin duda fueron mis hijos. Se portaron como campeones, y aguantaron sin rechistar; no solo eso, disfrutaron del viaje y alucinaron con todo.

Aunque mi hijo, encontró su paraíso particular en casa de casa de Susan, y estoy seguro que por él no hubiera salido de la piscina más que para comer o beber y dormir. Feliz de la vida. Mi hija lo disfruto mas, ya era casi una señorita, y le gustó el glamour de las metrópolis norteamericanas.

Fue también una gran alegría poder quedar con mi amigo Juancho, ahora con esposa e hijo. Cómo pasa el tiempo, ¡Qué recuerdos! Desde nuestras salidas por el Village, y nuestra epopeya por Atlantic City y Washington.

Bueno, os dejo con las fotos. No son de exposición, pero por lo menos, que sirvan para animaros a tirar la casa por la ventana, y lanzaros a la aventura.

 

Fotos y texto: Maximenendez

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