Una tarde de furia.

Aquella mañana de Julio, Fabián Fernández Riveros salió de su casa cansado, casi sin dormir y sin desayunar. Le aquejaba una hinchazón y un fuerte dolor en su boca. Había sido provocado al clavarse entre la encía y una muela, un trozo de hueso de cordero en casa de su suegra, el viernes pasado.

Desde varios días atrás los rigores del calor habían sofocado la ciudad de San Andrés de Noega.  La gente estaba desquiciada. La humedad era enorme y el único lugar donde se podía estar a gusto era en la playa.

fury papersLas vacaciones aún estaban lejos para Fabián. En el trabajo los problemas se acumulaban en forma de montones de encuestas, albaranes, facturas, ofertas, pedidos… todo revuelto, formando un papelorio que se pegaban a los sudorosos brazos de Fabián, como si estuvieran encolados.

El aire acondicionado, por llamarlo de alguna manera, consistía en un viejo y sucio ventilador de pie, cuyo único propósito era mover el aire de un lado a otro, y de paso llevarse volando cualquier papel no bien pisado con la grapadora, o cualquier otro objeto que resultara útil para ello.

Con el paso de la mañana el dolor en la boca de Fabián se había trasladado a toda su cabeza y cada vez se hacía más insoportable. Para tomarse un respiro acudió al baño y tras mirarse la cara pudo ver que el carrillo derecho hinchado, y cómo corría por su frente el sudor.

Se tomó dos calmantes.

Decidió entonces tratar de adelantar la cita que había concertad pasado sábado, para última hora de la tarde, con el dentista del ambulatorio.

Al salir del baño se encontró con Rogelio, compañero del despacho de la segunda planta.

–Tienes muy mala cara Fabián, y el papo muy hinchado, ¿Te sacudió la Patricia el fin de semana? — preguntó Rogelio, sonriendo y en tono burlón.

—¿Y cómo va tu culo, después del 0-3 de Las Palmas? — le espetó Fabián.

Entonces tras secarse el sudor de la frente, se dirigió a la salida y comunicó en secretaría que tenía que ausentarse por razones de salud. Después llamó a Patricia y le contó lo que le pasaba y que se iba al ambulatorio, que ya que no podía aguantar más.

Se montó en su coche y se dirigió hacia el centro.

El tráfico a esas horas de la mañana estaba horrible, como todos los lunes, le llevó casi media hora llegar al Ambulatorio. Estaba ya medio desquiciado y con temblores fríos, seguramente debido a que ya tenía fiebre.

Ante la imposibilidad de aparcar, tras dar vueltas y vueltas, pensó en dejar su coche en doble fila, pero en el último instante, dio con una esquina en la que su pequeño y viejo utilitario, parecía no molestar mucho. Y allí lo arrinconó. Aun así debía recordar cambiarlo nada más resolver el adelanto de cita con la dentista, ya que por aquella zona ponían muchas multas.

csalfuryblgRápidamente entró al ambulatorio.

En el interior se agolpaba un buen número de personas apoyadas contra la pared, y delante, varias filas de asientos, todos ocupados. En frente cuatro ventanillas con números en la parte superior. Y a la entrada, junto a las ventanillas, un señor sentado en un escritorio, sin aparente función ni propósito.

Entonces Fabián decidió dirigirse al él.

—Buenas tardes señor

—Buenas tardes—, contestó él

—Verá, llamé el sábado tenía cita para odontología a las ocho de la tarde, pero he empeorado mucho en las últimas horas y vengo ahora, a ver si me atienden de urgencia— le explicó Fabián.

Entonces el hombre se levantó de la silla y Fabián pudo observar que se trataba del guardia de seguridad del centro, ya que portaba una porra en un lateral de su pantalón y unas esposas en el otro, las cuales abultaban más que él. Era muy hombre muy delgado, de cabeza pequeña y con un cuello largo y fino. Parecía un sahariano con cabeza de cisne.

—Mire, yo soy solo el guardia de seguridad, no le puedo ayudar, saque un número y espere a que le llamen —dijo el guardia.

Fabián, exhausto, con la camisa empapada en sudor y con un dolor que ya se hacía insoportable, se dirigió al aparato que expendía los números. Tenía varios botones y en los laterales sus correspondientes leyendas: El uno para solicitar cita, el dos para registro de documentos, el tres para tarjetas sanitarias y el cuatro para pedir Información.

Pulsó el cuatro, y la máquina haciendo un ruido ronco expelió un número.

—¡El 23—! exclamó

Sudoroso y dolorido se apoyó en una columna y resignado esperó.

19, 20, 21, 22.

—¡El 23, por fin!

Fabián casi no podía mover la boca para hablar, ya que el dolor y la inflamación se lo dificultaban. Se acercó a la ventanilla y pudo ver a una señora rellena, de mediana edad, morena de pelo corto, más bien baja y ojerosa poco agraciada a los ojos de Fabián, el cual gustaba de mujeres tipo palillo y de largo cabello. Lucía una bata blanca, algo roída y con una placa en la que apenas se podía leer algo, al estar vuelta hacia abajo. Estaba anotando algo en el ordenador, como ida.

—¿Qué desea—? Preguntó con voz chillona y gastada.

—Verá, yo tenía consulta para las…

—Para consultas y citas el número uno—, dijo interrumpiendo

—Es que verá, como le decía yo tenía consulta para las ocho de la tarde, pero empeoré y…

—Sí, ya, pero para eso, saque el número y se lo cuenta a la compañera, yo no puedo hacer más—, concluyó.

A continuación, moviendo la cabeza, esquivando la mirada de Fabián y como buscando a alguien detrás de él —el veinticuatro—, canturreó la funcionaria.

Resignado y ya soportando un dolor intenso, fue a sacar turno para la ventanilla de solicitudes de cita. El número 84 le salió.

—Dios mío, el ochenta y cuatro y van por el treinta y dos.

Fabián estaba por momentos entre dolorido y perplejo. A la vez que la indignación y la rabia se iba apoderando de él. Entonces fue cuando se dio cuenta de algo.

—¡El coche!

plicia furiIntrodujo el número en su bolsillo y echó a correr para la calle, giró a la izquierda y vio que había una moto de la Policía Municipal y delante su coche, subiendo a la plataforma de la grúa.

—¡Por favor, señor policía soy el propietario de coche!, por favor es que—… balbuceó Fabián.

—Lo siento señor, el vehículo está ya sobre la plataforma y no es posible bajarlo. Haga el favor de apártese y no interrumpa— dijo el policía con tono grave y sin dirigirle la mirada.

El uniformado, era un individuo de unos treinta años, de nariz prominente, muy alto y rapado, al estilo de la Alemania de los cuarenta. Llevaba gafas de sol, de imitación a una marca de renombre, fácilmente detectable para Fabián, ya que él poseía unas iguales en la guantera del coche. También exhibía un extraño tatuaje en uno de sus antebrazos, en el que no era posible descifrar significado alguno.

—Por favor señor, tenga consideración conmigo, mire como tengo la cara. Estaba dentro del centro médico por una urgencia y me vi obligado a parar aquí, vengo directamente del trabajo —explicó Fabián, con gran dificultad para hablar a causa del dolor y presa de los nervios.

El policía estaba escribiendo en una especie de carpeta, como cumplimentado la documentación correspondiente, y aparentemente, ignorando las súplicas de Fabián, ni tomando en consideración sus ruegos. Como si no las escuchara.

—Señor, mire como estoy, he perdido el día de trabajo. Además aquí el coche apenas molesta, ¿No podría usted hacer la vista gorda por esta vez—? suplicó de nuevo Fabián.

—Eso hay que pensarlo antes amigo, haber pagado un taxi. Seguro que le hubiera salido más barato que la multa y la grúa. Este es mi trabajo— dijo el Policía esgrimiendo media sonrisa, con tono condescendiente y sin cruzar la mirada con él en ningún momento.

Lo que ocurre a partir de ese instante en el interior de Fabián sería muy difícil de entender y más aún de describir. Algo debió de poseer su mente y su cuerpo hasta el mismísimo tuétano de cada uno de sus huesos.

pblgzariguA pesar de ser un hombre de pequeña estatura y de gesto amable, de repente turbó el rostro y lanzando un aullido, como si se tratara de una fiera salvaje, saltó sobre el policía como un resorte y agarrando su caso con las manos, le hincó el diente en su nariz con un coraje tan grande que le arrancó la punta; y acto seguido escupió en la acera.

El policía gritaba amargamente y a pesar de portar un arma de fuego, en ningún momento hizo gesto alguno, más allá de agarrarse la nariz con ambas manos y gritar ¡Hijo puta, hijo de puta! Una y otra vez.

Fabián, iracundo y con todos los testigos a su alrededor aterrorizados ante su furia, huyó. Y buscó refugio de nuevo en el ambulatorio.

Las personas que se encontraban dentro, ajenas al suceso, al verle lleno de sangre, pensaron que se trataría de un accidente que se acababa de producir. Entonces entre todos le sujetaron y una enfermera le administró una inyección con un fuerte tranquilizante. Después Fabián se desvaneció entre temblores, y farfullando juramentos sin sentido.

Así permaneció durante las siguiente veinticuatro horas.

Pasadas estas, despertó y abrió los ojos. Entonces se vio en lo que parecía ser la habitación de un  hospital. Su mano izquierda estaba esposada a uno de los barrotes de su cama y tres personas vestidas de blanco le observaban.

flem.blgfuriNo recordaba nada.

Entonces una de ellas habló.

—Señor Fernández, después de lo sucedido, y tras examinar al policía que hemos dado de alta hace un par de horas; no quiero pensar, lo que usted hubiera sido capaz de hacer, en el caso de haber tenido la boca sana.

Fin

Maximenedez

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